Las Horas (2002), de Stephen Daldry

Ciertas películas nacen con un aura de prestigio inapelable, y desde el mismo momento de su estreno hasta muchos años después, conservan ese aura. Las calidades de producción de la obra pueden contribuir, pero seguramente lo que más ayuda a ese prestigio, que por desgracia no siempre responde a una verdadera altura artística, es el tema y el mundo de la historia que quieren contarnos. Las Horas (The Hours, Stephen Daldry, 2002) sin duda pertenece a este tipo de películas: de producción muy cuidada, de argumento y tono intimistas, en torno a la creación y el espíritu de la novela Mrs. Dalloway (1925), y con la misma autora de la novela, Virginia Woolf, como uno de los personajes centrales, está claro que los responsables de este título jugaban a caballo ganador y con la ambición de crear algo grande y perdurable. Y aunque ciertamente se trata de una buena película, voy a escribir sobre ella tratando de sacarle algunos peros que impiden que vuele más alto.

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Es precisamente esa auto-conciencia de estar creando una película exquisita, ese estilo de prestigio, lo que, al menos para mí, se erige en el escollo más importante para que Las Horas sea esa obra magistral que desde luego no es. Y lo que para muchos son hallazgos de guión o de puesta en escena maravillosos (y algunos lo son, la verdad), a mí me parecen más mecánicos que instintivos, más calculados que verdaderos. Es Las Horas un filme muy literario, en el que los diálogos y los personajes, el mundo interior de los novelistas, es lo primordial y último. Y Stephen Daldry dirige y planifica con muy buen gusto, extrayendo de su primoroso plantel de actores lo máximo posible. Sin embargo, y aunque nos muestra instantes de gran desgarro interior, secuencias muy bien filmadas que tratan de penetrar en el alma de los desgraciados personajes que pueblan la historia, la impresión última que a este espectador provoca este melodrama es de frialdad, y de que no se ha llegado todo lo lejos que podría llegarse.

Es el riesgo que corren ciertos melodramas intimistas: la ambivalencia y la indefinición estilísticas. Quieren indagar en lo individual e interior, y al mismo tiempo quieren ser refinados, y al mismo tiempo quieren ser emocionantes y una experiencia poderosa para el espectador. Y muy pocos lo consiguen. Aquí, además, tienen la ambición de contar tres historias en paralelo, y solamente los cineastas más grandes han logrado un equilibrio perfecto entre todas las partes. Daldry, desde luego, no es ningún advenedizo, pero era casi imposible contar la historia de tres mujeres que viven en tres épocas muy diferentes en distintas partes del mundo, y hacerlo de tal forma que las tres se alimenten entre sí no sólo conceptualmente, sino emocional y psicológicamente. Parecen tres películas unidas entre sí por el capricho del buen guionista David Hare (que adapta la novela homónima de Michael Cunningham), y que solamente gracias a un soberbio diseño de producción de Maria Djurkevic y a una fotografía magnífica de Seamus McGarvey, consiguen alcanzar cierta unidad artística.

La estrella de la función, por supuesto, son tres: Meryl Streep, Nicole Kidman y muy especialmente Julianne Moore (con el permiso de Ed Harris). Streep, en un registro bastante alejado a lo que nos tiene habituados, clava a su amargada mujer madura, sin alicientes en la vida salvo organizar la fiesta de despedida a su amigo escritor en estado terminal. Kidman, que sabía que este papel era un regalo, crea a una Woolf llena de humanidad e imperfecciones. Y la gran Julianne Moore vuelve a demostrar por qué es una de las actrices más versátiles e inteligentes de su generación, en su papel de atormentada ama de casa que no sabe cómo huir del infierno interior que padece. En un relevo magnífico de interpretaciones, las tres valen la película, ayudadas por un Ed Harris en estado de gracia (¿cuántas veces van ya en la carrera de este gran actor?) y por la inspirada música del gran Philip Glass, este grupo de artistas consiguen que la película sea mucho más de lo que es en realidad.

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Porque creo sinceramente que la literatura y el cine son medios y formas de arte completamente distintos. Por tanto, no todo lo que puede contarse o imaginarse en una novela puede después hacerse en una película, y viceversa. Desde casi el principio del cine, este medio se ha alimentado de manera voraz de la literatura y de su forma de representar y contar la realidad, y estoy seguro de que eso ha limitado bastante las posibilidades del cine. Muchos cineastas y artistas han dicho esto mismo durante mucho tiempo: ya va siendo hora de que el cine y la literatura se desliguen el uno del otro. Cada vez más novelas parecen escritas como si el autor estuviera contando películas, y parece difícil que el cine, que quizá se siente en inferioridad, no recurra a novelas famosas para contar historias. O que, sin recurrir a ellas, escriba sus imágenes como si fuera una novela. Dudo bastante que el cine sea una suma de artes, como se ha afirmado tantas veces. Puede aspirar a ser un arte autónomo.

Y el director y el guionista de esta película deberían saber de los riesgos de contar tres historias en una, pues el desarrollo de todas ellas queda truncado a menos que se enlacen de manera más orgánica y, sobre todo, cinematográfica. Las Horas resulta una experiencia interesante, con buenos momentos y buenas interpretaciones, pero no hay desgarro ni demasiada vida en ella. Principalmente hay una muy estudiada puesta en escena para convencer al espectador de que está viendo algo muy especial. Algunos espectadores, sin embargo, no nos dejamos convencer tan fácilmente.

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