Regreso al futuro (1985), de Robert Zemeckis

Hay que establecer las cosas como son: hay películas estadounidenses muy comerciales y muy famosas, que están no solamente muy bien hechas en cada uno de sus aspectos, sino que además están preñadas de un ingenio superior en la construcción de su historia y la redacción de su guión, luego fijadas con talento, energía y precisión en las imágenes que componen la película. Y qué duda cabe que la ya mítica Regreso al futuro (Back to the Future, 1985), cuarto trabajo en la dirección de Robert Zemeckis, es una de esas películas. Jamás la consideraremos una obra de arte, ni nada por el estilo. No hace falta. Es una gozada volver a verla siempre que se puede, porque está diseñada, además, para hacerte pasar dos horas en las que te olvidas de todo y te dejas llevar por esta maravillosa fantasía en la que nada sobra y nada falta, y en la que te tragas hasta las partes más inverosímiles de la historia, y lo haces con mucho gusto.

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Siempre se ha considerado a Robert Zemeckis como una especie de delfín o alumno aventajado de Steven Spielberg, quien le ayudó además en los primeros momentos de su carrera. Sea como fuere, Zemeckis contribuyó junto a su colega Spielberg, y otros, a asentar los patrones más reconocidos y exitosos del cine comercial y para todos los públicos de los años ochenta. Ese cine que hoy algunos (no es mi caso, salvo en títulos aislados como este) recuerdan con nostalgia y cariño, y otros (sí es mi caso) consideramos representó una ruptura con la más importante década que ha dado el cine en todo el mundo, la inmediatamente anterior, quizá la última en la que los grandes maestros hicieron las últimas grandes obras maestras. A partir de entonces el cine de Hollywood se adocenó y tuvo como único objetivo las ganancias en taquilla, pues su público era el adolescente, en primer y último lugar. Sin embargo, alguna película estupenda sí que ofrecieron.

Un adolescente inseguro y un científico chiflado

La historia es de sobra conocida: un inventor, por nombre Emmet L. Brown aunque se hace llamar Doc, que jamás ha inventado nada que funcionase, por fin da con el descubrimiento de su vida y fabrica la máquina del tiempo, con la forma de un Delorean, un coche deportivo a bordo del cual se puede viajar a cualquier época. Pero en la noche en que le muestra a su amigo adolescente su increíble hallazgo, todo sale mal, y Marty McFly se ve dentro del Delorean para salvar su vida, viajando accidentalmente al año 1955 (treinta años al pasado), y conociendo así a sus padres cuando todavía iban al instituto. Su casual interacción con ellos provoca una reacción en cadena que pone en peligro su propia existencia, porque su madre se enamorará de él en lugar de hacerlo de su padre, y ahora McFly no solamente tendrá que encontrar a su amigo Doc para regresar al futuro, sino que tendrá que conseguir que su madre se enamore de su padre para que no desaparezca toda la familia.

Lo interesante es que el tema de la película no es tanto el viaje en el tiempo y sus consecuencias probables, como el hecho de que estamos ante una historia de superación personal. No solamente de Marty, sino sobre todo de su propio padre. En el presente vimos a George Mcfly (por cierto, interpretado por el excelente actor Crispin Glover) como un hombre fracasado, mangoneado por su jefe, Biff Tannen, que le atormenta desde el instituto, en un matrimonio gris e infeliz, pues jamás ha tenido el coraje de luchar y creer en sí mismo. El viaje al pasado de Marty le dará la oportunidad de ayudar a su padre a enfrentarse a Biff y a creer en sus propias posibilidades, lo que tendrá como consecuencia que será un hombre más pleno y feliz. Y también Marty, inseguro de poder llegar a ser guitarrista de éxito en una banda de rock, y preocupado de demostrar en todo momento que no es un cobarde, se enfrentará a sus propios miedos y saldrá triunfante.

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Zemeckis nos cuenta una historia tan alambicada e improbable con aplastante credibilidad. Sin pretender elaborar una sci-fi sobre viajes temporales, sino una aventura fantástica, filma con un gozo y un entusiasmo exuberantes. Y es capaz de elaborar momentos de gran tensión dramática, como el momento crucial en que George se enfrenta a Tannen, o de gran suspense, como el clímax en el que los dos amigos tratan de que vuelva a funcionar la máquina del tiempo, conduciendo la energía del rayo que cae sobre el reloj del pueblo. Y con la ayuda de su coguionista Bob Gale, se lo pasa, y nos lo hace pasar, en grande, en docenas de detalles históricos y con diálogos realmente brillantes, sobre todo entre Marty y el joven Doc de 1955. Porque sobre todo esto es una historia de amistad entre el adolescente al que interpreta Michael J. Fox y el vitrólico científico al que encarna el genial Christopher Lloyd, un actor que por mucho que sobreactúe siempre está perfecto y que crea sin duda al personaje más importante e inolvidable de la trilogía.

La película tuvo tal éxito que conoció dos secuelas. La segunda parte fue en mi opinión bastante floja e innecesaria, con demasiados giros temporales y trucos de guión. Pero la tercera, en una de esas raras excepciones que a veces se dan en el cine, fue casi la mejor de todas, pues no solamente era un cierre perfecto, sino que además fue un western excelente. Pero ya hablaré sobre ella otro día. Para terminar decir que aunque la carrera de Zemeckis sin duda ha declinado desde el estreno de la ultraconservadora Forrest Gump (1994), por lo menos pudo realizar esas dos películas magníficas y ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (Who Framed Roger Rabbit?, 1989), tres largometrajes con los que dio muestra de un gran talento que luego se apagó en la vana búsqueda de un prestigio artístico reservado a directores más grandes, y menos comerciales, que él.

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