El niño (2014), de Daniel Monzón

Mucho antes de que yo leyera con asiduidad las críticas de cine de Ángel Fdez-Santos, que durante tantos años escribió en El País, ya leía las críticas que el mallorquín Daniel Monzón dejaba en Fotogramas, y le veía en sus aportaciones grabadas para Días de Cine en La 2 de TVE. Me parecía, al contrario que otros muchos, un crítico o escritor de cine muy culto y poseedor de una prosa y de un vocabulario muy por encima de muchos otros que escribían en otros medios (ni que decir tiene de los medios digitales actuales…), apasionado, vehemente y enamorado del cine como yo mismo. Y cuando dejó de escribir de cine y se puso a hacer cine, me alegré de que se le concediese esa oportunidad y esperé con entusiasmo averiguar qué era capaz de hacer con una cámara. Por desgracia sus comienzos no fueron todo lo brillantes que me habrían gustado, y aunque El corazón del guerrero (2000), pese a sus defectos, era un debut apreciable y plagado de buenas intenciones, sus siguientes largometrajes me hacían pensar que nunca conseguiría demostrar un verdadero talento cinematográfico.

Ni El robo más grande jamás contado (2002), ni desde luego La caja Kovak (2006), me parecieron mínimamente interesantes. Sin embargo sí me pareció contundente, inteligente y poderosa Celda 211 (2009), que coescribió junto a Jorge Guerricaecheverría sobre una novela de Francisco Pérez Gandul, y en la que, por fin, no solamente tenía una buena historia que contar, sino que la contaba de forma creíble, veraz, sin falsedades ni artificios de perro viejo cinematográfico que se las sabe todas, sino con el fuste de un buen cineasta que alcanza la madurez y que sabe perfectamente lo que tiene que hacer para atrapar al espectador. Y Monzón se convirtió en un director valorado y respetado por la industria y la crítica, y demostró también que muchas veces es necesario dar cierto margen para que algunos directores demuestren de lo que son capaces. Y con estos galones se embarcó Monzón en la ambiciosa El niño (2014), que fue un gran éxito en taquilla y le reafirmó como un director a tener en cuenta para la industria. Sin embargo esta vez no le salió tan bien la jugada. Esto no hace sino corroborar que ser un gran director de cine es mucho más difícil de lo que se cree.

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El precio de la ambición

Contando de nuevo como protagonista con Luis Tosar, un buen actor que, como todos (sean buenos, mediocres o malos) necesitan también de un buen personaje para dar lo mejor de sí mismos, y colaborando de nuevo con Guerricaecheverría en el guión, queda claro desde la primera secuencia que lo que en Celda 211 era instinto de un director de talento aquí es cálculo, facilidades que el cineasta se ha dado a sí mismo para armar un melodrama que requería de un libreto mucho mejor ensamblado para conseguir levantarlo con las imágenes, y principalmente de una mirada y una verosimilitud que jamás se detecta en la pantalla. Monzón, como tantos otros, ha pagado el precio de una ambición desmedida que no ha ido de la mano con sus capacidades como cineasta. Ha querido epatar al espectador con un espectáculo melodramático que en ningún momento es creíble para el espectador avezado, y que se olvida tan pronto como termina de verse.

Durante muchos años el cine español ha adolecido de ciertos complejos a la hora de enfrentarse a relatos de género, como por ejemplo el negro o policíaco. Por suerte, parece que esta tendencia está desapareciendo, y aún mejor, parece que el público está respondiendo a esta apuesta. Pero eso no significa que películas como El niño, y muchas otras, sean buen cine. Tal ensanchamiento de géneros en nuestro cine conlleva un riesgo considerable y que merece reseñarse: nos convierte en cine norteamericano hecho en nuestra tierra. Ha sucedido antes y seguirá sucediendo. El niño, que goza de una factura técnica irreprochable (salvo en la mezcla de sonido, y en los diálogos, que o bien se superponen o quedan hechos una pasta ininteligible en muchas secuencias importantes), no es una buena película porque se olvida de algo que absolutamente todas las grandes películas poseen: la verdad de las imágenes y de los personajes. Y tal olvido queda parcialmente maquillado por el despliegue técnico, pero en ningún momento puede quedar eclipsado, y la película se convierte en un trepidante filme absolutamente vacío, que nada aporta al espectador.

Cuenta El niño dos historias paralelas que deberían alimentarse mutuamente, pero por la ausencia de coherencia y necesidad se repelen y terminan casi destruyéndose la una a la otra. Son las historias del idealista policía interpretado por Tosar, y la del buscavidas al que apodan “niño” (al que da vida el debutante Jesús Castro), que se gana la vida pasando toneladas de droga a través del estrecho de Gibraltar. Tosar, al que le bastaría un poco de honestidad en la escritura y en la puesta en escena para hacer un buen trabajo, queda reducido a un mero arquetipo sin vida. Y Castro, que es un hombre al parecer muy atractivo, sencillamente no es actor, y recae sobre él, nada menos, la responsabilidad de contar una historia de amor que en ningún momento es creíble, y de situar al espectador en un dilema moral que jamás tiene lugar, porque este debutante carece de la capacidad para hacer a su personaje atractivo o complejo. Y así, desde la misma escritura de esta película, y después en la puesta en escena, Monzón sólo puede aferrarse a un diseño de producción ciertamente imponente, pero al que él, por desgracia, no puede dotar de vida, de verdad.

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Asistimos a algunas persecuciones espectaculares, nos hacen creer que el cine español puede competir con cualquier otro en cuanto a espectáculo y circo, pero al final lo único que importa es que esta historia de tráfico de drogas en la frontera con Gibraltar podría haber dado para mucho más, si el director hubiera sido más consciente de sus limitaciones y si se hubieran preocupado, ya desde el guión, en indagar algo más en las criaturas que se nos muestran en pantalla, y menos en las posibilidades de arrastre de un público masivo a las salas. Porque hacer una gran película negra, o de aventuras, es más, mucho más, que limitarse a confiar en un gran empaque técnico. La cámara está ahí para incidir en temas y en imágenes mucho más importantes.

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