El hombre de las mil caras (2016), de Alberto Rodríguez

Entre los pocos directores españoles actuales, de cuarenta y pocos años, capaces de construir una filmografía bastante fluida, en la que además consiga el aplauso de un gran sector de la crítica y una considerable atención por parte del público, está sin duda el sevillano Alberto Rodríguez, del que hace pocas semanas se estrenaba su séptimo largo en el Festival de San Sebastián, festival en el que su protagonista (Eduard Fernández) se alzaba con la Concha de Plata a mejor actor. Y hace dos años arrasaba en los Premios Goya con La isla mínima (2014). Nos encontramos, por tanto, ante un director estrella que sabe perfectamente lo que quiere, sabe hacerlo bien, y convence a casi todo el mundo. Es decir, una “rara avis” en una industria tan escuálida como la nuestra, lo que no es poco mérito. Sin embargo, y aún reconociendo que se trata de un cineasta sólido, inteligente y hábil, no comparto el gran entusiasmo dedicado a sus mejores trabajos, ni creo que se trate de ese cineasta superdotado que algunos quieren ver.

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Con El hombre de las mil caras (2016) nos sumergimos en una de las etapas más oscuras y convulsas de los primeros años de la democracia española. Nada menos que la investigación de las corruptelas del ínclito (por desgracia) Luis Roldán, por entonces Director General de la Guardia Civil, y su famosa huida de España, ayudado supuestamente por uno de los individuos más oscuros, contradictorios y misteriosos (y en este país estamos sobrados de gente así…) de la historia reciente de este país: Francisco Paesa. Paesa, por supuesto, es el personaje central de este relato frenético y alucinante, que nos creemos únicamente porque sabemos o nos han dicho que es cierto todo, o casi todo, de lo que nos cuentan los guionistas, basándose en el libro Paesa, el espía de las mil caras, de Manuel Cerdán. A partir de estos hechos, y este guión, Rodríguez deduce un filme a medio camino entre un filme de espías, un thriller de suspense y un fresco histórico que todos sabemos cómo va a acabar: con el triunfo de los sinvergüenzas y los aprovechados, y con la mentira a los ciudadanos.

Se agradece, sin duda, el tono irónico, casi cínico, de casi toda la película. A ello contribuye, por supuesto, la impagable y muy certera narración de José Coronado (que a la sazón interpreta al que fue la mano derecha de Paesa), que ejerce de lúcido contrapunto a la maraña de falsedades y a la oscuridad de las imágenes, que nos sirve Rodríguez, casi imbuido, en su puesta en escena y ritmo, de un espíritu a medio caballo entre la pulsión enérgica de un Scorsese, y la guasa y desparpajo de un Tarantino. Asistimos así a un relato que no da tregua, por el que pasan algunos de los rostros más infames y controvertidos de España y de Francia, y que nos dibuja con contundencia las cloacas del poder y la política. Pero Rodríguez, que demuestra una vez más su capacidad planificando y dirigiendo actores, se queda por desgracia en la corteza de todo lo que cuenta, incapaz por lo visto de ofrecer algo más que cáscara.

Ya le ocurrió en La isla mínima (2014), que sin embargo poseía momentos de gran fuerza visual y suspense. Se da demasiadas facilidades a sí mismo en la elección de sus historias y en la construcción de sus guiones. Apenas existe riesgo formal o una mirada incisiva sobre aquello que nos está narrando. Como es un magnífico realizador, todo eso pasa un poco desapercibido. Además, tanto aquella película, como esta que acaba de estrenar, están producidas con un nivel técnico excelente. Hablo de una fotografía, una vez más, soberbia de Álex Catalán, un sonido muy bien elaborado, una música de Julio de la Rosa muy atinada. Pero la mirada como artista de Rodríguez sobrevuela los hechos que tan bien nos filma, y no sabe o no puede o no quiere emocionarnos o implicarnos en esos hechos.

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No cabe duda de que Eduard Fernández hace un buen trabajo como Paesa. Clava al personaje y no solamente por su caracterización, sino que es lo bastante buen actor como para inocular a su personaje la necesaria aura de perdición y caradura. Pero algunos queríamos indagar algo más, conocer un poco mejor, acceder un poco más, a las interioridades y aristas de un individuo tan despreciable. A su lado, Coronado borda al piloto sin escrúpulos, y Carlos Santos está francamente bien como Roldán. Y en este ambiente de hombres Marta Etura hace un buen trabajo como la mujer de Roldán. Todo esto, por supuesto, es también mérito de la dirección de actores de Rodríguez, que sabe extraer de sus intérpretes la contención y la mirada certeras. Pero todo queda como un gran crisol de cínicos y delincuentes que poco aporta al espectador salvo dos horas de intensidad y mentiras. Quizá la certeza, en un momento en el que la política está más enfangada e inmunizada que nunca, de que en este país si quieres triunfar, si no quieres morirte de hambre, has de ser el más cabrón y el más mentiroso.

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