Hasta que llegó su hora (1968), de Sergio Leone

Entre las más famosas películas, no solamente de los años sesenta, sino probablemente de todos los tiempos, se encuentra Hasta que llegó su hora (Once Upon a Time in the West, Leone, 1968), un extraño “Spaguetti Western” que iba a significar, en un principio, la despedida definitiva del género que hizo mundialmente célebre a Leone, y del que es considerado el máximo exponente hasta el día de hoy. No fue así, ya que se vio obligado a regresar con el todavía más extraño filme ¡Agáchate, maldito! (Giù la testa, 1971), antes de embarcarse en el que sería el último proyecto de su vida, la muy ambiciosa Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 1984), que para muchos es su obra maestra. Ciertamente muy pocos directores han alcanzado tal fama, repercusión y renombre con tan pocas películas, y es que puede decirse que ante todo lo que nos ofrecía Leone era estilo. Una forma de filmar que muchos han tratado de imitar sin demasiado éxito, y que únicamente a él le funcionaba.

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Tanto es así, que actualmente muchos veneran a Leone como un cineasta incomparable e irrepetible. No es mi caso. Reconozco que en mi infancia me impactaron sus películas, porque en sus mejores momentos poseen una fuerza indescriptible. Pero incluso entonces encontraba sus argumentos y sus zonas grises muy aburridos y predecibles. Hoy día, con muchas más herramientas para acercarme a sus películas…sigo pensando exactamente lo mismo. Y pienso otras cosas: que su ambición, que nada tiene de malo en ningún cineasta o artista, no siempre andaba pareja con su talento; y que el contraste entre los mejores momentos de sus filmes y los menos logrados o inspirados es enorme, hasta el punto de que es imposible considerarle un gran cineasta. Era un cineasta poderoso, muy visual e intenso, con enormes limitaciones en la dirección de actores y en la construcción de sus películas, que sabía llevar al espectador a su terreno. Pero las costuras en sus guiones y en sus decisiones estéticas se ven cada día más nítidas.

En su quinto largometraje acreditado (cuyo título español es cuanto menos pintoresco, si bien el original, que podría traducirse como Érase una vez en el Oeste, resulta bastante pomposo, al igual que el de su última película) es en el que yo creo que se perciben de manera más clara sus virtudes y sus defectos como director, su confianza en sí mismo pero también su autocomplacencia. Algunos, como yo mismo, prefieren sus “Spaguetti” más rocambolescos, furiosos y casi esperpénticos. Es decir, los de la “trilogía del dólar”. Sin embargo, aquí Leone se propuso filmar una tragedia, que aún con sus habituales momentos de humor de trazo grueso, se distancia bastante de lo que había filmado hasta entonces. Una gran epopeya del Oeste, en la que cuatro destinos cruzados (o más bien valdría hablar de cinco…luego me extenderé sobre eso), van a establecer el tono y el ritmo de una historia escrita nada menos que a ocho manos: las de Leone, Sergio Donati, Darío Argento y Bernardo Bertolucci.

Algo que ver con la muerte

La película se abre con las dos mejores secuencias, sin ningún género de dudas, que jamás filmó Leone en su carrera hasta ese momento. La primera quizá sea la mejor de su filmografía. Me refiero, por supuesto, a la llegada a la estación del misterioso hombre sin nombre interpretado por Charles Bronson, y al que todos llamarán Armónica (Harmonica en su idioma original), al que van a recibir tres hombres comandados por su temible jefe Frank, al que el misterioso hombre pretende asesinar como venganza. El estudio del sonido de esta larga y sorprendente secuencia, su captura de un tiempo prolongado que los tres matones intentan soportar cada uno a su manera, su rápido desenlace. Antológico. La segunda secuencia, en la que nos presentan a Frank (Henry Fonda) es también brillante, impactante y aterradora. La tercera secuencia, con la llegada de Jill McBain (Claudia Cardinale), es aún más larga que las otras dos, y en su viaje hacia su nuevo hogar conoceremos también a Cheyenne (Jason Robards).

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Sin embargo la extrema brillantez de este comienzo pronto se viene abajo en una trama en la que el tono trágico, y el dibujo inicial de los personajes (especialmente el de Jill y Frank), se va desdibujando paulatinamente y consigue aburrir por la extrema morosidad de un relato que se podría haber resuelto en dos horas o menos, en lugar de las casi tres que tarda Leone en llegar a un final bastante previsible, por otro lado. Además, la sobreabundancia de temas o dramas personales daña el tono trágico de la película, porque el espectador tiene un límite. La historia del quinto personaje al que me refería antes, el millonario y enfermo terminal Morton (Gabriele Ferzetti), que desea llegar con su ferrocarril al océano antes de morir, es a mi juicio un sobrepeso en el drama central de venganza y redención de la película. Ya le ocurrió a Leone en El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966), en la que la excesiva duración del argumento amenazaba con acabar con la paciencia del espectador más entregado.

Sin embargo es justo decir que el casting es incluso superior al de Érase una vez en América. Aunque Leone se superaría en aquélla a la hora de dirigir a sus intérpretes, todos los actores de esta irregular película están impresionantes y perfectamente elegidos. Destaca como no un Henry Fonda desconocido, gélido, brutal (dicen que en Estados Unidos no se esperaban que uno de sus actores más queridos pudiera hacer de malo de forma tan increíble). Pero clava su papel el siempre hierático Charles Bronson, el gran Jason Robards a pesar de lo caricaturesco que resulta a veces de su personaje lo vive como si no interpretara, y Claudia Cardinale jamás estuvo más bella y más intensa. A ellos se les une un Ennio Morricone que escribe una de las partituras más excelsas de su magna carrera (y al que Leone le debe mucho más de lo que parece…), y el excelente operador Tonino Delli Colli saca todo el partido a una imagen de aspecto 2.35:1 (es decir, un scope, una imagen ancha, de extrema profundidad), para dar más épica a la historia.

Esta gran superproducción no es ninguna obra maestra del cine, pero seguirá siendo durante mucho tiempo una película muy famosa. No es poco. A sus secuencias magistrales les pesa estar al lado de momentos escritos y dirigidos para espectadores poco exigentes. Lo que sí es una obra maestra es la música de Leone, el verdadero genio en esta función.

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