El golpe (1973), de George Roy Hill

Si lo pensamos bien, algunas películas nacen como caballo ganador. En el caso que nos ocupa se ve bastante claro: una buena historia, grandes estrellas, un director más que solvente, una producción con empaque. Lo raro es que les hubiese salido mal. Lo lógico es lo que sucedió: un gran éxito, muchos premios de la Academia, una fama que persiste hasta el día de hoy, cuarenta y tres años después de su estreno en cine. Lejos estoy, sin embargo, de considerar a El golpe (The Sting, George Roy Hill, 1973) como una película gigantesca, una imperecedera obra de arte, o cosas por el estilo. Es decir, no tiene nada que hacer con El padrino (por cierto que se llevó el Óscar en el año intermedio entre los dos primeros filmes sobre la familia Corleone), con Taxi Driver (id, Scorsese, 1976) o con Tess (id, Polanski, 1979), por nombrar tres títulos de esa misma década. Se trata, nada más y nada menos, que de una buena película que ha resistido magníficamente el paso del tiempo y que se beneficia de los factores nombrados, que ahora desgranaré en detalle.

maxresdefault

Lo cierto es que en los setenta se prodigó un cierto gusto por lo “retro”. Tanto grandes estudios como autores consagrados realizaron una serie de largometrajes que intentaban recordar, homenajear y de alguna forma modernizar géneros y ambientes de treinta o cuarenta años atrás. Concretamente la mayoría de cine negro, y ambientadas en los años 30. Además de la obvia categoría (al menos aparente) que otorgaba, quizá lo que intentaban era conseguir nuevos “clásicos”, como los que se hacían en la época de los estudios. Sea como fuere, películas como El golpe, y otras como Chinatown (que sí es magistral) de Polanski, hacían lo correcto: no tratar de imitar el cine de tantas décadas atrás, sino darle un aire nuevo, al contrario de lo que se estila hoy con productos de dudosa pertinencia como The Artist (Michel Hanavicius, 2011). Esto es importante para entender el estilo y gran parte del acierto de la película de George Roy Hill. Pero no es el único acierto de una película muy bien calculada.

La mítica de los timadores

El argumento es de sobra conocido: durante la época de la Gran Depresión, en la segunda mitad de los años treinta, dos timadores profesionales, Luther Coleman (interpretado por Robert Earl Jones, por cierto padre del famoso James Earl Jones…) y Johnny Hooker (Robert Redford), le birlan a un correo de la mafia una buena cantidad de dinero, sin saber en lo que se están metiendo. El destinatario de ese dinero, el terrible Doyle Lonnegan, no tendrá piedad y hará que ejecuten a Coleman, mientras Hooker escapa de milagro. Pero no se contentará con escapar, buscará la ayuda de Henry Gondorff (Paul Newman) un reconocido timador de altos vuelos ahora caído en desgracia, para vengarse de Lonnegan elaborando una complicada estafa con la que arruinar y humillar al poderoso gángster. Y hasta aquí puedo leer pues no quiero arruinar la sucesión de sorpresas y giros de un guión realmente bueno, escrito por un recién llegado que no contaba con treinta años en la época en que lo escribió.

Ese guionista, David S. Ward, que por supuesto se alzó con el Óscar, ha tenido una carrera posterior bastante discreta, pero hay que reconocerle la enorme brillantez de un argumento al que es casi imposible encontrarle alguna falla. En otras películas de argumento enrevesado, de timadores, de planes rocambolescos, de sorpresas de última hora, es frecuente encontrar soluciones o giros que están cogidos con pinzas, y que como espectadores nos tragamos porque no queda otra. Por ejemplo Nueve reinas (Bielinsky, 2003), que está bastante bien, y que tiene un buen guión, en algunas cosas pasamos por el aro pero nos queda ese regusto a escasa credibilidad. Sin embargo, en El golpe, todo es absolutamente plausible. Incluso las tramas secundarias que acompañan la principal están resueltas con un ingenio insuperable. Está todo muy elaborado, y aún las cartas marcadas (lo que nosotros espectadores desconocemos del plan global, por ejemplo), no queda otra sino aplaudir la inteligencia del escritor.

sting5

Y a éste guión se le imprime toda la maquinaria que Hollywood es capaz de aportar. No estamos ante ninguna producción mediana, sino ante una de lujo, en la que el diseño de decorados de Henry Bumstead, o el de vestuario de Edith Head (toda una leyenda en su oficio, como puede descubrir el lector si la busca en la red…) son impecables para una reconstrucción histórica en la que se cuida cada mínimo detalle. A ello se añade la música que Marvin Hamlisch adapta de las canciones y composiciones de Scott Joplin, uno de los máximos exponentes del Ragtime (música de procedencia afroamericana de enorme popularidad a principios del siglo XX), y la ajustada fotografía del buen operador Robert Surtees, para dar una idea del tremendo empaque de esta producción, dirigida con mano firme por el artesano George Roy Hill, hoy un director bastante olvidado por el gran público, pero que filmaba con profesionalidad impecable, gran sentido de la atmósfera y un tono irónico del que se beneficia un gran reparto.

No son de extrañar por tanto sus siete Óscars (Mejor película, dirección, guión, dirección artística, vestuario, montaje y música). Pocas veces la mítica de los timadores (buenos, por supuesto, enfrentados por una causa justa contra un hombre bastante perverso) ha recibido un apoyo técnico tan grande. Imposible además concebir a una pareja de timadores más encantadores y atractivos que Paul Newman y Robert Redford, ambos en la cima de sus carreras, que no sabes cómo van a vencer, pero esperas que finalmente venzan y se lleven su premio. Estos dos pesos pesados de la historia del cine, además se ven reforzados por un reparto magnífico, destacando sobre todos ellos un espectacular Robert Shaw como el villano de la función, y con otros secundarios inolvidables como Ray Walston, Harold Gould, Charles Durning o Dana Elcar. Y así, una y otra vez durante décadas, nos sentamos a ver El golpe de nuevo y a pasarlo en grande y a maravillarnos con su técnica en escritura y realización.

Pero no es una de las grandes películas de su tiempo. No emociona, no fascina, como lo hacen las obras maestras. Es un ejemplo estupendo de cine artesanal hecho de manera majestuosa, y nada más, con algunas secuencias antológicas como la partida de póker o la sorpresa final. Pero es cine hecho de cálculo. No es poco, porque hoy las películas hechas de cálculo están mal hechas y no te las crees. Así que su fama está más que justificada.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s