Charada (1963), de Stanley Donen

Volviendo a ver Charada (Charade, Donen, 1963) una vez más sigo sin tener muy claro si se trata de una comedia (porque posee momentos casi de “screwball comedy”), de una película de suspense (secuencias enteras), un thriller (del que también tiene elementos) o una extraña historia de amor. Muy probablemente, sea todo a la vez, además de ser una de las películas estadounidenses más famosas de los años sesenta, que merece la pena revisitar de cuando en cuando porque ante todo es una película tremendamente divertida, realmente ingeniosa, por la que el tiempo parece no pasar, aunque sin duda está enmarcada en un estilo y una época muy determinados, y no tendría sentido hacer una película así hoy día. Pero todo eso es obvio. Lo que no es en absoluto obvio es ningún elemento de su enrevesada pero muy bien elaborada trama, que hará las delicias de los que no la hayan toda visto todavía y sean aficionados a los relatos de misterio clásicos.

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Sin tratar de desvelar demasiado, resulta que Regina Lampert (Hepburn), residente en París, queda viuda cuando asesinan a su marido antes de que empiecen los famosos títulos de crédito. Lo que ella no sabe es que su marido y tres individuos más, durante la Segunda Guerra Mundial, robaron un dinero perteneciente a los Estados Unidos. El marido de Regina pretendía quedarse con todo el dinero y supuestamente le asesinaron por ello. Pero ahora nadie sabe donde esta el botín (nada menos que 250.000 dólares). Los ladrones creen que lo tiene Regina y tratan de conseguirlo a través de ella. La CIA cree que está en alguna parte escondido (quizá en la bolsa del fallecido, que no tiene más que unos objetos aparentemente sin valor…), y le pide a Regina que lo busque. Y un misterioso hombre que se hace llamar Peter Yoshua (Grant) intenta ayudar a Regina. Por supuesto nada será lo que parece, y las sorpresas, giros de guión y revelaciones se irán sucediendo mientras el espectador se lo pasa en grande.

Lo que más llama la atención al espectador de hoy, cincuenta y tres años después de su estreno, quizá sea lo moderna y vibrante que resulta esta película, mérito del gran Stanley Donen, cuya brillante carrera posee algunas joyas inolvidables, y por cierto que sigue todavía vivo con 94 años. Donen acierta plenamente con el tono falsamente frívolo, abiertamente irónico, encantador y romántico, que imprime al fabuloso guión de Peter Stone. A medio camino de un Hitchcock y un Wilder, Donen demuestra una vez más su talento narrativo y su sentido visual, en esta historia parisina en la que él, como si tal cosa, pasa de lo negro a lo cómico, de lo vibrante a lo íntimo. Y sabe sacar el máximo partido a los interiores y a los exteriores, ayudado por un impecable diseño de producción (algo sesentero, por supuesto, como en el diseño del vestuario de Hepburn, pero preñado de un estilo insoslayable en los colores y en la arquitectura). Pero Donen se alía a la perfección con el gran músico Henry Mancini, que entrega aquí otra de sus obras magnas.

Y por supuesto la película se beneficia de la presencia de la maravillosa Audrey Hepburn, más guapa y etérea que nunca, y de Cary Grant, que maneja como sólo el podía hacerlo la ambigüedad y ambivalencia de su personaje (en la antepenúltima película en la que intervino, aunque para entonces no tenía ni 60 años). Pero no son los únicos. Todos están perfectos en un reparto estelar. Walter Matthau está imperial en un personaje bastante difícil, aunque no le conozco ni una sola interpretación que no sea notable. James Coburn, casi un guiñol, borda cada aparición que hace. Y George Kennedy y Ned Glass, dos míticos actores secundarios de Hollywood, aunque menos relevantes en la historia, están caracterizados a la perfección. Todos ellos parecen haber nacido, y ahí está lo grande, para el personaje que están interpretando. Sin grandes psicologismos, sin profundidades innecesarias, este gran elenco vive la película como si fuera la vida misma, lo que por otra parte es un mérito más de Donen en su dirección de actores.

Imposible averiguar donde está el dinero en los cinco o seis objetos que contiene la bolsa, e imposible despegar los ojos de la pantalla hasta su sorprendente y muy intenso clímax. Es muy difícil, con la cantidad de secuencias memorables (de comedia o de suspense, o de puro ingenio), con los actores que tiene, y con el tono irrepetible, no considerar a Charada una gran película.

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