Ejecución inminente (1999), de Clint Eastwood

En la prolífica carrera de Clint Eastwood (n. San Francisco, 1930) forzosamente tiene que haber de todo, aunque sus numerosos seguidores no quieran verlo así. Convertido ya en un referente ineludible del cine estadounidense, en todo un icono cultural, y en un cineasta consagrado, su dilatada trayectoria ha convencido ya a muchos de que cualquier nuevo filme que dirija es un evento cinematográfico insoslayable, y en los medios de comunicación es habitual que se le nombre como “el último clásico”. Por mi parte, creo que el tiempo le va a poner en su justo lugar: el de un director artesanal que pudo hacer tres o cuatro grandes películas, una obra maestra inolvidable, bastantes películas interesantes, y algunas ciertamente prescindibles, por no decir insostenibles. Ejecución inminente (1999) pertenece al penúltimo grupo, bajo mi punto de vista. El de las interesantes, sin más, aunque para los incondicionales es otra muestra del genio eastwoodiano.

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La década de los noventa empezó bastante bien para Eastwood, con la más que interesante Cazador blanco, corazón negro (White Hunter Black Heart, 1990), en la que Eastwood interpretaba a un trasunto de John Huston dirigiendo La reina de África (The African Queen, 1951), y es curioso porque la carrera de Eastwood, en su irregularidad, en sus aciertos ocasionales, cada vez se parece más a la de Huston, quizá el primer postmoderno (sobre todo a partir de los años 70), y muy poco o nada a Howard Hawks, John Ford o Raoul Walsh, por citar a tres “clásicos”. En el caso de Ejecución inminente, insulsa traducción española para un también insulso título original, True Crime, que cerraba la década en la que por fin Eastwood consiguió un reconocimiento por parte de la crítica mundial, se trata de un filme claramente menor, al que él sabe imprimir categoría en primer lugar por su propia presencia como actor principal, y en segundo por el buen pulso y realismo que sabe inyectar a casi toda la cinta. Sin embargo adolece de ciertos defectos que han marcado la parte menos interesante de la carrera de Eastwood.

El periodista Steve Everett (Eastwood, claro, en otro de sus antihéroes que tan bien sabe interpretar), un tipo que intenta redimirse de un pasado de escándalos, alcoholismo y malas decisiones, inicia una carrera contrarreloj para salvar su prestigio y al mismo tiempo a un condenado a muerte al que él cree inocente. Los guionistas Larry Gross (que había participado en el guión de Límite 48 horas para Walter Hill, así como su continuación, entre otros títulos), Paul Brickman (de carrera más bien insulsa) y Paul Brickman (ídem) adaptan la novela de Andrew Klavan, que no he leído, y casi pareciera que para contar esta historia se ponen al servicio de la estrella Eastwood para reincidir en el maniqueísmo de otras películas suyas, en cierto carácter ilustrativo que haga al espectador sentirse mejor consigo mismo, y en un alegato contra la pena de muerte que no atrapa a manos llenas todo lo que pretende conseguir. Eastwood, claro, coge todo esto y sabe dotarlo de melancolía, momentos de fino humor negro y hasta un soterrado tono otoñal, pero no parece suficiente para compararla con grandes películas como Bird (id, 1988) o Mystic River (id, 2004).

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Porque lo cierto es que es imposible soslayar el aspecto desganado y televisivo, la puesta en escena efectiva pero sin garra, de un director que solamente da lo mejor de sí mismo en momentos muy esporádicos, como la entrevista de Everett al condenado a muerte, la conversación final de Everett con su mujer, o el vertiginoso clímax, bastante lleno de trampas pero muy bien resuelto por Eastwood en cuanto a ritmo y emoción. Porque en verdad el guión está lleno de tópicos y ofrece pocas sorpresas sin marcar sus cartas, y el bueno de Eastwood poco más puede hacer con esto. Con lo que tenemos una prueba más de que un buen director no es nada sin un buen guión en sus manos. Aunque tampoco es razonable pensar que nadie obligara a Clint Eastwood a dirigir este proyecto, pues debe ser de los pocos cineastas actuales en poner en pantalla lo que le venga en gana. Supongo que esa visión del mundo en la que existen negros buenos y redimidos, y negros malos, o alcaides buenos y curas malos, o mujeres fieles y mujeres infieles, es acorde con la visión del mundo de Eastwood.

En cuanto a la muy comentada escena final (que no desvelaré por si alguien no ha visto la película) su supuesta ambivalencia, o la idea que subyace, no queda del todo clara e induce a error. Es decir, es equívoca. Algunos dirán que esa es la intención del cineasta, pero yo no lo tengo tan claro. Para mí es una prueba más de la indolencia de Eastwood con ciertos trabajos suyos, a los que dota de buen empaque, ritmo y profesionalidad, con la mecánica fotografía de Jack N. Green, y buenos secundarios como James Woods, Bernard Hill Dennis Leary o Isaiah Washington. Pero únicamente los grandes genios cogen un material mediocre y lo convierten en algo grande y personal.

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