Mis problemas con Woody Allen

Una tendencia de la cinefilia de este país (ignoro si ocurrirá en otros) y que a mí me subleva bastante, consiste en sacralizar la obra de un cineasta (siempre extranjero, por supuesto), de tal forma que aunque haga algunas películas poco estimulantes o nada interesantes, o que a lo mejor se encuentre en una zona gris de su carrera, se les perdona casi cualquier error, algo que rara vez se hace con otros cineastas no tan ensalzados, cuando no sobrevaloran de manera exagerada muchos filmes de ese cineasta sacralizado, tachando cualquier opinión discordante (y argumentada) como si estuviera fuera de lugar, o como si se quisiera derribar el mito por simple capricho. Esto sucede con Clint Eastwood, Tim Burton, John Ford, y muchos otros. Entre ellos, por supuesto, se encuentra Woody Allen.

El cineasta de Brooklyn, que este diciembre cumple 81 años, cuenta con una fervorosa legión de fans, quizá no tan numerosa como hace veinte años, pero sin duda entregadísima a la dilatada carrera del director neoyorquino. Puede que admitan que alguna nueva película está por debajo de las más brillantes, pero incluso críticos de periódicos de gran tirada le consideran, de forma inamovible, uno de esos clásicos y referentes ineludibles del cine norteamericano actual, en oposición a la gran cantidad de productos comerciales que nos llegan de ese país. Algo así como un reducto de buen gusto en este ruidoso magma de películas-evento con el que nos bombardean año tras año. Y esgrimen como argumentos invencibles que Allen ha hecho muchísimas películas, que está muy mayor y aún así sigue presentando un título al año, y que ver una película suya es algo así como una tradición que te reconcilia con el cine.

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Lo cierto es que no me parecen argumentos de peso. Yo no venero la carrera de Allen, pero si me tocara defenderle, podría dar otros bastante mejores. Allen es un director muy cinéfilo y culto, un buen director de actores (aunque no siempre, luego me extenderé en eso), un guionista avezado que ha sido capaz de firmar cuatro o cinco de los mejores libretos de los últimos treinta años, un tipo cuyo personaje popular ha trascendido pese a todo a su tumultuosa vida privada, y al fin y a la postre un cineasta que se ha mantenido fiel a sí mismo a pesar de unos cuantos avatares profesionales y vitales. No es poco. En cuanto a lo prolífico que es, poco que añadir: cuarenta y siete largometrajes son, se mire por donde se mire, una verdadera barbaridad. Y sin contar los telefilmes que ha hecho, o su divertido segmento para Historias de Nueva York (1989).

Pero la cantidad no hace necesariamente a un director más importante que otros. Me consta que muchos espectadores ven en Allen un reflejo de esos directores de antaño que poseían una trayectoria con cincuenta, ochenta, o cien títulos, y le emparejan con ellos. Sin embargo, bajo mi punto de vista, Allen ha firmado como mucho media docena de película verdaderamente redondas, un par de docenas entre brillantes o simplemente divertidas, y muchas que han quedado prematuramente avejentadas, finalizando con cuatro o cinco títulos infumables. Admirando sin ambages su capacidad de trabajo (por mucho que la mayoría de ellas, o todas, son películas de producción más bien modesta…pero hay que hacerlas), situar a Allen a la altura, por sus numerosas películas, de cineastas míticos como Ingmar Bergman, me parece un disparate insostenible.

Después de darle muchas vueltas, considero que las mejores y más redondas aportaciones de Allen son Zelig (1983), Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989), Sombras y niebla (Shadows and Fog, 1991), Balas sobre Broadway (Bullets over Broadway, 1994), Desmontando a Harry (Deconstructing Harry, 1997) y Match Point (id, 2005). Coinciden todas ellas con ser los mejores guiones, me parece, que ha escrito en su carrera, y se encuentran también, creo, entre los guiones más ingeniosos, con mejores diálogos, personajes, situaciones, construcción y desarrollo, de su tiempo. Sin embargo, a pesar de ser sus mejores trabajos, en ningún caso los pondría entre las veinte o treinta mejores películas de los últimos tiempos, ni mucho menos, y solamente en su país. No digamos ya en Europa, o resto del mundo. Es decir, para mí esas seis magníficas películas no pueden compararse en grandeza cinematográfica, en audacia e importancia, en emoción y genio, a por ejemplo JFK (Oliver Stone 1991), Sin perdón (Unforgiven, Eastwood, 1992), El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, Demme, 1991), Miller’s Crossing (Hermanos Coen, 1990), El padrino III (Coppola, 1990), Cyrano de Bergerac (Jean-Paul Rappeneau, 1990), Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Gondry, 2004), The pianist (Polanski, 2002), La pianiste (Michael Haneke, 2001), Hoy empieza todo (Ça commence aujourd’hui, Tavernier, 1999), Ni uno menos (Yi ge dou bu neng shao, Yimou, 1999), Magnolia (Anderson, 1999), La delgada línea roja (The Thin Red Line, Malick, 1998), Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005)…por citar solo algunas.

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Allen sencillamente no puede llegar a esa altura. En cuanto a su dirección de actores, varias de sus actrices han ganado el Oscar principal o secundario, lo que tiene bastante mérito. Esto le ha valido una justa fama como gran director de actrices, un poco a lo Bergman. Con los actores no tiene tanta suerte, y es notable que muchos de ellos directamente “imitan” a Allen, es decir, actúan exactamente que si Allen estuviera en pantalla, y lo más probable es que les diga que lo hagan así, lo que no dice mucho de él. En mi opinión, aunque es capaz de extraer buenos trabajos de intérpretes siempre entregados, Allen no puede compararse en dirección de actores con Clint Eastwood, Roman Polanski, Martin Scorsese o Francis Ford Coppola, por nombrar a algunos de sus contemporáneos. La prueba más contundente de ello es que apenas ha creado personajes notables y duraderos, salvo quizá el Chazz Palminteri de Balas sobre Broadway, y por supuesto él mismo, que es el personaje más importante de su carrera, dicho con todo respeto y admiración.

Pero lo que en realidad me molesta de Allen, y que en denifitiva me impide considerarle entre los grandes directores de su tiempo, es su querencia por copiar, literalmente, a sus grandes ídolos Ingmar Bergman y Federico Fellini. Le resta, por supuesto, entidad artística, y personalidad. Basta ver cualquier secuencia de Radio Days (1987) para detectar que lo que en realidad estamos viendo es un Fellini. El director italiano la habría hecho exactamente igual (planificación incluida), pero en idioma italiano. Lo mismo sucede con Interiores (1978), Stardust Memories (1980), Maridos y mujeres (1992)…pero para Ingmar Bergman. Son, en verdad, un Bergman, literal. Para algunos espectadores, incluso cinéfilos (¡ni qué decir tiene los admiradores de Allen!), esto puede ser algo secundario o circunstancial. Pero para mí no. Copiar es algo que no me gusta, aunque puedo entenderlo. Ahora bien, considerar a un director copista un gran cineasta…me parece imposible. Cuando Tarkovski hace Sacrificio (Offret, 1985), lo hace con Bergman en la cabeza, por supuesto. Incluso con parte de su equipo (especialmente su fotógrafo, el gran Sven Nykvist), pero tiene la suficiente personalidad artística como para no hacer un Bergman, sino un Tarkovski puro.

Allen ha hecho algunas buenas películas, y otras divertidas. Y se ha ganado bien la vida, y es famoso y su nombre perdurará. Nada más. Los genios andan por otro sitio.

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