Guardianes de la Galaxia (2014)

Lo he dicho ya unas cuantas veces (hablando con gente y sobre todo por escrito) y lo voy a volver a afirmar: el gran cine de aventuras no está lo suficientemente valorado, mucho menos entendido, por el grueso de la crítica y de la cinefilia, que lo tachan de pasatiempos mejor o peor elaborado, sin darse cuenta, quizá porque no quieren o simplemente porque no pueden, que ese cine, el “de aventuras”, es mucho más que un entretenimiento, porque cuando es verdaderamente grande habla del ser humano con mucha mayor nitidez y pertinencia que cualquier otro género. Por su misma naturaleza, puede acceder a un gran número de personas, y por su acervo cultural, puede acceder a territorios emocionales y psicológicos que a otro tipo de cine les está vedados. Hablamos de Kin Kong, de Tarzán, de Simbad, de Aladino, de los westerns, de los samuráis, de Star Wars, del Wuxia, de bastantes películas de autor que en realidad son películas de aventuras…

…y de Guardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy, James Gunn, 2014), una de las mejores, por no decir la mejor, de todas las películas que han salido de la factoría Marvel, ahora que los grandes estudios cinematográficos de Estados Unidos se han dado cuenta del enorme negocio que representa llevar a la gran pantalla los cómics más importantes de entre los muchos que han surgido en ese país. Basada en una publicación de la que no he leído (puedo prometerlo) ni un sólo número, y de la que de no conocía ni siquiera su existencia, esta película de aventuras es una maravilla de ingenio, frenesí y emoción que el mismo Spielberg ha reconocido que es su preferida de Marvel (y que por lo tanto le habría encantado dirigirla él mismo), y que es muy superior a cualquiera de Los Vengadores, de Iron-Man, y cualquier otra de la factoría.

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Panda de perdedores

Básicamente lo que nos cuenta Guardianes de la Galaxia es cómo un un grupo de pringados, individuos muy diferentes entre sí, se convierten en la última esperanza de toda una galaxia, cuando los lazos de amistad pueden mucho más que las desavenencias personales. A un forajido (el personaje principal, Peter Quill, huérfano desde temprana edad, que quiere ser legendario y por eso se auto-impone el sobrenombre Star-Lord, aunque nadie le hace ni puto caso ni le toma en serio…) se le encarga la misión (por parte de Yondu, un criminal que le secuestró de niño y que se apiadó de él y no le devoró) de encontrar un orbe que contiene una de las Gemas del Infinito (6 piedras míticas cuyo poder puede desestabilizar el universo entero), sin saber Quill siquiera lo que está buscando. Pero Ronan, un psicópata casi invencible, quiere el orbe para sí mismo, y así poder dárselo a Thanos, el ser más perverso que imaginar quepa, para así vengarse los que destruyeron su planeta natal, y por ello Ronan manda a la asesina Gamora a capturar el orbe.

Sin embargo Quill (al que da vida un carismático Chris Pratt) se aliará con Rocket (un mapache hablador que es un genio del escapismo), con su colega Groot (una especie de árbol viviente que solamente sabe decir “I am Groot”), con la misma Gamora (una asesina a la que da vida Zoe Saldana, y que también tiene cuentas pendientes con Ronan) y con Drax, el destructor (una brutal máquina de matar que quiere matar también a Ronan), y juntos y revueltos y llevándose realmente mal en muchos tramos de la historia, podrán encontrar la forma de que la galaxia no se vaya a la mierda, recurriendo a un plan suicida con el que recuperar el orbe y vencer a Ronan (ufff!). Pero aunque el argumento parezca enrevesado, en realidad se resuelve con gran sencillez y eficacia gracias a un guión soberbio en el que sobre todo se tiene en cuenta a los cinco personajes principales y a sus problemas y pérdidas personales, ya que en el fondo Quill, Rocket, Groot, Gamora y Drax son individuos bastante patéticos y solitarios que no lo han tenido precisamente fácil y que solamente podrán sacar lo mejor de sí mismos si actúan como equipo.

Es decir, la quintaesencia de la aventura: la lealtad, la dignidad y el coraje frente a las tinieblas de un mundo (o una galaxia…) oscuro y peligroso. Pero lo que llama la atención sobremanera en esta magnífica película es su tremenda ironía (cristalizada por ejemplo en la música setentera que Quill conserva de su madre fallecida, o en unos diálogos, réplicas y situaciones en verdad brillantes y preñadas de puro cachondeo) y su impecable factura técnica (pues a un diseño de producción impresionante se unen unos efectos digitales y sonoros que quitan la respiración), que van de la mano de una mirada épica del director y guionista James Gunn (que hasta entonces no había hecho prácticamente nada destacable), para una conclusión grandiosa de una historia en la que nada sobra y nada falta. Y es que secuencias como el sacrificio de Quill saliendo al espacio con su máscara para salvar a Gamora, o el suicidio de la esclava Carina, o el reencuentro fugaz en pleno clímax de Quill con su madre muerta, entre otros muchos, resultan inolvidables.

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Guardianes de la Galaxia demuestra que se puede hacer cine comercial, para todos los públicos, y hacerlo tratando al espectador como a un ser inteligente, y eso sin tomarse demasiado en serio a sí misma, pero sí a sus personajes. Para pasarlo en grande, pero también para reflexionar sobre los límites y las grandezas del ser humano, de la amistad y la entrega, de la pérdida y el desamparo. Realmente magnífica, sin duda.

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