Training Day (2001), de Antoine Fuqua

El cine negro, al que algunos extremistas dan por finiquitado con el estreno, hace ya tantos años, del magistral Sed de mal (Touch of Evil, Orson Welles, 1958), se ha reinventado constantemente desde los clásicos en blanco y negro, a lo largo de todas estas décadas, y se ha mantenido vigente siempre que los cineastas que lo nutren sean capaces de valerse de una observación escrupulosa, cruda y cínica de las tripas del sistema. Por supuesto, muchos se han sustentado de los códigos del thriller para darle más empaque y gravedad, y algunos han caído en la truculencia más tópica, o en la exageración de sus elementos para darle la apariencia de categoría o para obtener más comercialidad. Sin embargo qué duda cabe que todos los años llegan buenos “filmes negros”, en cuya narrativa late una puesta en escena moderna y frenética, pero en cuya mirada brilla idéntico nihilismo, la misma lucidez hacia un mundo corrompido en el que sólo unos pocos se enfrentan a las reglas establecidas, ya sea para violentarlas y sacar beneficio, o para encontrar la libertad personal.

Día de entrenamiento (Training Day, Antoine Fuqua, 2001), que prácticamente desde su nacimiento se ha convertido en un filme mítico, es un poderoso thriller, en el que se expone una violencia casi insoportable; pero también es un noble filme negro de pura estirpe, que con ojos cínicos observa una sociedad podrida hasta los cimientos, pero son ojos íntegros, valientes, sin la menor intención de agradar al espectador, y en el que ni siquiera su muy ambivalente “happy ending” es tal, porque aunque de algún modo pareciera que hemos asistido a una eventual victoria contra la podredumbre moral, la sensación que nos deja es la de que nadie está a salvo, que en cualquier rincón de este mundo que nos ha tocado vivir estalla una violencia sanguinaria incontenible, o peor aún, que la maldad es siempre posible, y la bondad eternamente difícil.

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Maestro y alumno

Nos cuenta esta película una única jornada en la vida de dos policías: un curtido detective de narcóticos, veterano de mil batallas, y un recién llegado que quiere demostrar que es algo más que un simple agente y que quiere entrar en un grupo selecto de operaciones especiales anti-droga. Ambos compartirán un viaje hacia lo más sórdido y salvaje de una ciudad, Los Ángeles, que se presenta como lo más parecido a un dantesco infierno en el que todos son culpables y nadie está a salvo. Pero más que una historia sobre la pérdida de la inocencia por parte del joven policía, se trata de un descenso a los infiernos en caída libre, y del progresivo desvelamiento de una verdad aterradora: que los que nos protegen pueden ser peores aún que los desesperados que cometen crímenes, y que están armados con la más poderosa de todas las armas, la palabra.

Alonzo Harris (interpretado con imperial maestría por ese monstruo llamado Denzel Washington, que pocas veces ha tenido un papel a su altura como aquí) fingirá adiestrar a su alumno en la sordidez, el íntegro Jake Hoyt (clavado por un actor que se merece más reconocimiento del que ha disfrutado, Ethan Hawke) cuando en realidad lo que nosotros espectadores sabemos, casi desde el principio, es que le está manipulando a su antojo, pues no sólo es un maestro en la sabiduría de la calle, sino que es un maestro en la palabra y en la mirada, y sabe cómo llevar a cualquiera a su terreno para satisfacer su ambición y su codicia. Y así, impertérritos, seremos testigos de un frenesí moral en el que todo es exactamente lo que parece: que el curtido veterano es el policía más corrompido que jamás hemos visto en una pantalla de cine, y que poco puede hacer la integridad moral frente a eso, salvo dejarse engañar y sucumbir, y que únicamente en un acto de locura y de fortuna, se puede detener tanta ruindad, aunque sea por el momento.

Antoine Fuqua, en su tercer largometraje, demuestra pulso y contundencia. Dirigiendo a sus actores con firmeza, y puliendo una puesta en escena seca y negrísima, nos atrapa desde el mismo comienzo y no nos suelta hasta el final. Sostenido por el rocoso guión de David Ayer, carece Fuqua de complacencia con el espectador, y del menor divismo con el cinéfilo. Se limita, simplemente, a contar la historia de la manera más descarnada posible. Para él, y para el guionista, Los Ángeles es un foco de perdición en el que sólo salen adelante los más fuertes y despiadados, y en el que el respeto no se pide, se conquista. Aunque sea destruyendo. Y así, un cada vez más alucinado Hoyt, se dará cuenta, al igual que nosotros, que su maestro es el mal absoluto, y que él mismo está en peligro. Y Fuqua, más que construir secuencias grandilocuentes o severas, se basa en planos larguísimos, y en conversaciones prolongadas, para constatar que el más poderoso es el que más habla, el que más emplea la persuasión y la mente, y que el más peligroso no es el desesperado, sino el codicioso.

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Brutal, despiadada, nihilista, descorazonadora, Training Day es por derecho propio uno de los grandes filmes negros norteamericanos de lo que va de siglo. Gana con cada visionado porque no sólo se descubren con más nitidez las argucias psicológicas de Alonzo, sino las de un guión y una puesta en escena construidos para no dejar indiferente a nadie.

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