Locke (2013), de Steven Knight

Realmente, es necesario muy poco para hacer una película. Conseguir una gran película es otra cosa, sin duda, pero creo que el cine es lo suficientemente interesante, como medio narrativo, para conseguir atrapar al espectador si en verdad el director sabe exprimir al máximo las herramientas de las que disponga. La historia del cine está trufada de ejemplos de narraciones minimalistas, en las que apenas hay uno o dos personajes, uno o dos escenarios, y a partir de ahí, gracias a la fusión entre la imaginación del guionista, del director y del espectador, se puede lograr algo en verdad importante. Es cierto que muchos han fracasado en intentos parecidos, pero otros han demostrado que con las ideas claras, y una honestidad y coraje notables, se puede confiar en una historia con elementos mínimos. Y Locke (Steven Knight, 2013), es una de esas historias, y además es una gran película.

La radicalidad de su planteamiento, una ficción prácticamente basada en una larga secuencia de un hombre (Locke, que da título a la película, interpretado por supuesto por Tom Hardy) conduciendo un coche y hablando por teléfono durante los ochenta y cinco minutos escasos de metraje, podría dar lugar a la errónea impresión de que vamos a encontrarnos con un thriller al uso, en el que un personaje atrapado ha de llevar a cabo alguna misión o ha de enfrentarse a algo más grande que la vida, pero nada de eso. Sin destripar en ningún momento su argumento, Locke no es un thriller, sino un devastador relato de redención en el que no caben paños calientes ni lugares fáciles, que nos habla sobre el hombre común con verdad y crudeza, eludiendo en todo momento las líneas de menor resistencia, alejándose de cualquier atisbo de comercialidad, y erigiéndose en una de las propuestas más estimulantes de su año.

locke

En jerga cinematográfica se llama “fuera de campo” todo aquello que no es captado por la cámara, pero que a veces, si el cineasta es inteligente, puede ser mucho más importante que lo que está reflejando la pantalla. Este es uno de los títulos más notables en ese sentido, porque un director mediocre habría mostrado a los diversos personajes con los que Locke ha de hablar por teléfono en esa noche fatídica, mientras que Steven Knight, que también es el guionista de la cinta, sabe que la clave, el núcleo, reside en quedarse hasta el final con este hombre absolutamente roto, que vive bien, es feliz con un trabajo que le da dinero y reconocimiento, tiene una familia que le ama, pero que ha tomado una decisión fundamental en base a un error mayúsculo en su vida, y no va a volver atrás. Y nosotros, espectadores, nos quedaremos con él, sin saber si debemos compadecerle, apoyarle, despreciarle o todo a la vez, en un itinerario hacia los abismos de la desesperación.

Pero no hay nada en Locke exagerado o sórdido, sino que todo está diseñado para ejercer de desvelamiento de una verdad, y para revelar lo más frágil y lo más noble de un hombre en perpetua lucha con sus demonios. Y Tom Hardy, un actor cada vez más reconocido que ahora es una estrella internacional gracias a la magistral Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015), pero al que también hemos podido ver en La entrega (The Drop, Michaël R. Roskam, 2014) o en superproducciones como Inception (2010), o The Dark Knight Rises (2012), ambas de Christopher Nolan, sostiene con su rostro y su voz, y muy poco más, la película por entero, con una entereza, una honestidad y una valentía en verdad excepcionales, porque en ningún momento se entrega a un divismo de gran actor, sino que se somete a las visicitudes de su personaje con humildad y orgullo, postulándose como uno de los intérpretes más interesantes y poderosos de su generación.

Con él de la mano, los espectadores vivimos una experiencia plena en Locke. Un viaje hacia la dignidad sin vuelta atrás, en el que nos reconocemos y nos miramos con ojos doloridos, pero acaso un poco, sólo un poco, más íntegros. Filmes como este son necesarios, importantes, porque son la puerta de acceso a mucho dolor y a una búsqueda incesante, pero también la catarsis que de vez en cuando se necesita para seguir viviendo. ¿No es eso lo que tiene que hacer el cine, de cuando en cuando?

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