Jesus Christ Superstar (1973), de Norman Jewison

Algún día, alguien, y no seré yo, porque soy muy perezoso para esos menesteres, debería escribir un volumen, o más bien una serie de volúmenes, o quizá simplemente un gráfico bien elaborado, con todas las películas famosas de la historia del cine, para descubrir cuántas de ellas no valen absolutamente nada, porque han pasado “a mejor vida”, dado que su forma de contar una historia, su técnica, o simplemente su inspiración y estilo, han quedado tan absolutamente desfasados, que volviéndolas a ver hoy, por mucho que digan que son famosas o importantes o míticas, causan vergüenza ajena. Otras, muy pocas, se salvan de esto y verdaderamente son grandes obras de arte. No, por cierto, esta adaptación homónima del musical de Andrew Lloyd Webber, que algunos recuerdan con cariño, incluso con nostalgia “kitsch”, tarareando sus canciones o participando de su estilo supuestamente transgresor, que en el fondo es de un conservadurismo recalcitrante.

Ocurre con muchas, muchísimas películas. Ya sea 2001, una odisea del espacio (2001, A Space Odissey, Stanley Kubrick, 1968), Ben-Hur (id. William Wyler, 1959) o incluso El retorno del Jedi (Star Wars: Episode VI, The Return of the Jedi, Richard Marquand, 1983), The Matrix (id, Wachowski Brothers, 1999) o El retorno del rey (The return of the King, Peter Jackson, 2003). Se supone que son grandes películas, o por lo menos muy famosas, y con eso basta para que se erijan en algo así como una referencia indiscutible, por mucho que unos pocos, como yo mismo, nos preguntemos el porqué de tanta atención. Y entre los musicales más famosos de la historia del cine está sin duda Jesus Christ Superstar (Norman Jewison, 1973), que básicamente es un bodrio infumable. Más que una película, un compendio inabarcable de errores conceptuales, de nula capacidad de arrastre, cuyo único mérito reside en que la versión ejecutada de la música de Lloyd es de lejos la mejor de todas las que se han llevado a cabo a lo largo de las décadas en sucesivas versiones teatrales y remasterizaciones.

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Lo que no me cansaré de repetir es que, en mi opinión, los más grandes cineastas deben poseer no únicamente un sentido visual, sino además, y sobre todo, un sentido musical. Es decir, hacer de las imágenes música, o de la música imágenes. Por ahí creo yo que el cine puede alcanzar autonomía como arte, y quizá el llamado “género musical”, en sus mejores ejemplos, ofrezca la posibilidad de que esto suceda. Sin embargo, en numerosos musicales el cineasta y sus colaboradores sencillamente no entienden la música que están poniendo en imágenes, o bien directamente sus imágenes carecen de musicalidad interna. Es exactamente lo que sucede con Norman Jewison (Toronto, 1926), un director por lo demás bastante mediocre, cuyo mejor trabajo, En el calor de la noche (In the Heat of the Night, 1967), parece fruto más del azar que de cualquier otra consideración, y cuyo musical previo El violinista en el tejado (Fiddler on the Roof, 1971) ya avisaba de su escaso “oído cinematográfico”.

Básicamente, Jewison era un ilustrador de la historia y de la música en aquel musical de 1971, pero en Jesus Christ Superstar da un paso más allá: es un mal experimentador cinemtográfico de un score a ratos sublime y a ratos insufrible. La decisión de hacer de los últimos días de Cristo una aventura hippie, en realidad muy acorde con los díscolos (y horteras) años setenta, se da de bruces con la cruda realidad: era una mala idea, y el conjunto bordea el ridículo más absoluto. Tanto la chirriante dirección de actores, como el horrendo diseño de producción, arruinan algunas piezas muy inspiradas y radicales de Lloyd Webber, sin ir más lejos el mismo prólogo. Este es el caso más perfecto de divorcio entre imágenes y música que jamás he visto en una pantalla:

Es así, a grandes rasgos, durante toda la película: la falta de tino en el montaje interno, la ausencia de garra visual, la incapacidad de Jewison de entender el estado anímico que provoca la música de Lloyd Webber, están cerca de destruir incluso la portentosa voz de Carl Anderson en su canción cumbre, como muestra esta secuencia a medio camino entre lo lisérgico y lo simplemente mareante:

Y es estrictamente un musical, en palabras de F. F. Coppola: “un musical es aquel en el que las canciones hacen avanzar la historia, y cuya historia sin ellas sería incomprensible”. Pero es un musical prematuramente avejentado porque intenta fusionar, sin el menor éxito, la concepción clásica del género con una mirada naif y modernista, y el resultado es un desastre absoluto. Eso sí, insisto, es la mejor versión musical de la partitura original que yo he escuchado. Pero, y para concluir, para grandes musicales, que sean verdaderamente fusión de música e imágenes, ya tenemos otros títulos míticos que, más de medio siglo después, siguen poniendo la piel de gallina:

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