Anticrítica: Braveheart (1995), de Mel Gibson – Espartaco por fin cristiano

Escribir críticas cinematográficas es más difícil de lo que parece. Para muchos, me temo, se trata de contar por escrito lo que le ha parecido una película, explicar simplemente si le ha gustado o no. Para otros, los que quieren demostrar cuánto saben de cine, se trata de buscar los homenajes o citas cinéfilas, mientras dejan por escrito si les ha gustado o no. Hay más: los que dicen si les ha gustado o no, cuentan los homenajes cinéfilos, y además saben armar una argumentación juntando letras. Bueno, algo es algo. Para mí, que soy un tipo raro, esquivo y beligerante, se trata de mostrar mi pasión, con o en contra, de una mirada, de una forma de entender el cine y la vida (que vienen a ser lo mismo), de ponerse en el lugar del director de la película, de escuchar la voz que le inspiró; y a veces, como en el caso de la segunda realización de Mel Gibson, de fastidiarse, porque aunque hay rasgos de esta película que me parecen dignos de mención, el conjunto es de una simpleza y una astucia disfrazada de búsqueda de la verdad y la emoción, que a muchos les hace tragar y comprar gato por liebre.

Así que no es tan fácil, pero todo se basa en un principio inamovible: no dejarse engañar. Y es que por encima de la literatura, o incluso de la música, el cine es el arte, o la forma narrativa, que con más argucias engaña y deja al espectador expuesto a artimañas ideológicas y tendenciosas. El refrán es incorrecto: no es “ojos que no ven, corazón que no siente”, sino “ojos que ven, mente que no piensa”. En otras palabras: lo que los ojos ven, muchas veces la mente se lo cree. Veo, luego existo…y me lo trago. ¿Cree el lector que exagero? Ni por un segundo. La historia del cine está plagada de gatos que parecían liebres. Y de espectadores que los han comprado. Y de estudiosos, críticos y cinéfilos. A tutiplén. Pero es misión del verdadero escritor sobre, o de, cine, negarse a que le tomen por imbécil. Porque Braveheart (id. Mel Gibson, 1995), está muy bien hecha, en el sentido más epidérmico de la expresión, y emociona y engaña de forma maravillosa. Y hasta se llevó el Óscar a la mejor producción, y a la mejor dirección, de su año, y muchos dicen cosas como obra maestra, o gran cine. Pero aunque sea el único, o de los pocos, yo no me he dejado engañar.

Braveheart

La voz del artista…o de Jesús martirizado

Gibson es un actor nacido en Estados Unidos, pero criado en Australia, y con ancestros irlandeses, que desde que llegó a la fama con la trilogía de Mad Max (George Miller, 1979-81-85), y posteriormente al estrellato absoluto con la saga Arma Letal (1987-89-92-98) y otras producciones comerciales para adolescentes, ha personificado la imagen dislocada de icono de acción y de hombretón invencible, mientras en su vida privada protagonizaba eventos de violencia machista, otros en los que que era arrestado por conducir ebrio, y se “buscaba amigos” declarando su homofobia, su nula simpatía por los judíos, y su fanatismo cristiano. En 1993 decidió dar el salto a la dirección con la estimable El hombre sin rostro (The Man Without a Face), y muchos creímos que se había revelado un Gibson diferente, arriesgado y humano. Nada más lejos de la realidad. Porque aunque no se puede negar que Gibson es un realizador competente, y está pertrechado con las herramientas adecuadas para llevar a cabo lo que él cree que es su visión, se trata del director perfecto para declarar, de una vez por todas, que un gran realizador está más capacitado que cualquier otro para mentir con imágenes.

Que este actor decidiese llevar al cine, en su apogeo como estrella, la historia de William Wallace, un héroe nacional escocés que lideró la primera guerra de independencia contra Inglaterra, no es una cuestión del destino ni una inspiración de las musas para que un artista hable sobre temas tan importantes como la libertad, sino una estrategia comercial y estética realmente impresionante en su ejecución. Wallace fue un nacionalista que, con sus razones o sin ellas, entabló una guerra sin cuartel contra Eduardo I, pero Gibson tiene mejores razones: el dinero y la fama en una guerra con guiño al espectador. Y para eso está dispuesto a mirar de tú a tú a Kubrick y su Spartacus (1960), y a montar unas batallas épicas que rivalicen (aunque no es capaz ni de acercarse…) con esa historia de esclavos enfrentados a sus amos en la que no había ni rastro de cristianismo. Pero para algo ha llegado Gibson al cine, y es para dejar la huella cristiana en el cine más que ningún otro cineasta antes que él. Y no es broma. Jamás nadie en toda la historia del cine portó una espada tan grande como William/Mel Wallace/Gibson (un tipo que por otra parte no pasa del metro setenta…), blande una espada tan exageradamente grande (o glande, como si de un instrumento cristofálico se tratara), que la hoja, la empuñadura y la guarda asemejan una cruz gigante. Tal cual. Imposible sustraerse a esta sospecha de que un fanático religioso se ha puesto a contar no sé qué sandeces sobre nacionalismos disfrazados de libertad o de redención…

Pero Gibson es un cineasta de gran simpleza narrativa. Sabe y puede rodearse de excelentes profesionales (como John Toll, que firma una fotografía magnífica, y que se alzaría aquí con su segundo Óscar consecutivo; o como James Horner, que le daría al director una de sus partituras más emblemáticas), pero su dirección de actores es elemental (aunque se escapan grandes intérpretes como Patrick McGoohan, que interpreta magistralmente al regente de Inglaterra), y lo que Gibson pretende, en realidad, es construir un vehículo para lucimiento propio, interpretando al héroe sin mácula, que vence a sus enemigos, es guapo y culto, y noble y honesto y valiente, y conquista a la princesa de Gales (una pésima Sophie Marceau), y es sacrificado finalmente cual Jesús redentor, gritando ¡libertad!; y que nosotros, espectadores gilipollas, enamorados de los parajes escoceses, y de la emoción de enfrentarse a la tiranía, nos traguemos todo como si tal cosa.

411363

Pero ya hemos visto mucho cine. Y algunos hemos escrito muchas críticas (peores o mejores, da igual), como para tragarnos tanta mentira, y manipulación (que sí, que es una visión romántica de la historia…pero aquí más valdría hablar de una versión homofóbica de la historia…), y ver a Marceau disgustada por su marido maricón y luego a Wallace (¡por corte directo de montaje!) devorando un pedazo de carne, como diciendo que se la va a comer porque es muy hombretón y noble y conquistador, es una afrenta al buen gusto. Y que los Óscar pueden premiar esto como han premiado cada bazofia que tira de espaldas. y que prefiero una oda a la tiranía bien contada, que una elegía sobre la libertad llena de mentiras. Y que, qué coño, me aburro de tanta lucha y guerra sin sentido, sanguinaria y cruenta, y echo de menos algo más atrevido y subversivo. Porque eso es la libertad, William/Mel, atreverse a mandar todo a la mierda sin ningún tipo de paliativo. Aunque supongo que eso es mucho pedir, y sólo unos pocos directores pueden rozarlo o mostrarlo levemente, y desde luego la película no se llamaría Braveheart.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s