El regalo (The Gift, 2015), de Joel Edgerton

Joel Edgerton es uno de esos actores más o menos eficaces, bastante desconocidos para el gran público, que desde hace más de una década ha participado como secundario (también algún que otro papel principal) en todo tipo de producciones. Trabajó durante unos cuantos años como actor de televisión en su Australia natal, y tras algunas producciones algo más ambiciosas, dio el salto a Estados Unidos en papeles bastante físicos y estereotipados. Si el espectador hace memoria (en este caso mucha memoria, sobre todo por lo olvidable del título), le reconocerá como el joven Owen Lars en los episodios II (2002) y III (2005) de la segunda, y nefasta, trilogía de Star Wars. Pero también en la bastante estimulante Warrior (Gavin O’Connor, 2011), o en la pésima La noche más oscura (Zero Dark Thirty, Kathryn Bigelow, 2012), o en la también australiana y bastante sórdida Animal Kingdom (David Michôd, 2010), en la que sale diez minutos y es una presencia poderosa.

Ahora ha debutado como director con El regalo (The Gift, 2015), convirtiéndose en otro actor con la cabeza bastante bien amueblada y que a la hora de ponerse tras la cámara sabe lo que tiene que hacer, sin ser ningún genio. Sobre un guión propio, escrito en solitario, lo que tiene aún más mérito, Edgerton, que se reserva un papel secundario lleno de matices, propone un relato de suspense muy bien construido, en el que las incógnitas se van desvelando progresivamente y las  sorpresas son casi todas verosímiles, sin prisa y sin el menor divismo, demostrando una vez más que con poco dinero y las ideas claras se puede hacer suspense y remover al espectador en su butaca sin necesidad de trucos ni momentos trillados, y siendo capaz de armar una atmósfera enrarecida y notable. No es poco, en estos tiempos de thrillers predecibles y sin garra.

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No se preocupe el lector que no voy a desvelar nada fundamental de la trama, pero podemos decir que esta historia, inicialmente, va de una pareja aparentemente feliz, aunque bajo cuyo subsuelo cotidiano yacen secretos y oscuridades no del todo resueltas, y que al mudarse a una nueva casa en la que poder formar una familia, se reencuentran con un antiguo compañero del colegio de él, y que intenta iniciar una relación de amistad con ellos, pero ante la extrañeza que les provoca, y ante el virtual acoso de este hombre misterioso, intentan romper todo contacto. Pero, claro, nada será lo que parece, y de este punto de partido, Edgerton va tirando del hilo, desentrañando sin prisas y con talento una terrible historia muy alejada de los tópicos del cine estadounidense, en la que toma protagonismo total una incertidumbre creciente.

Edgerton, consciente en todo momento de sus limitaciones como debutante, y por tanto capaz de exprimir al máximo sus virtudes, sitúa la mayor parte de la acción en la flamante casa del matrimonio, y demuestra, en total consonancia con su director de fotografía (el español Eduard Grau), lo importante que son los encuadres, y las sombras, y los espacios, en un decorado cerrado que es casi un personaje más (ha de serlo, siempre, en un relato de misterio); pero también, como actor avezado, sabe dirigir a su reparto con mano firme y mucha inteligencia. Tanto Jason Bateman (conocido sobre todo por comedias bastante bobas, pero que es un actor soberbio), como Rebecca Hall (una actriz que en mi opinión todavía no ha dado todo lo que puede ofrecer, pero que tiene mucho potencial), como el propio Edgerton, bordan un trío en el que las réplicas, las miradas, lo que no se dice, las interioridades, es decir, todo el repertorio digno de un buen director de actores y de un buen grupo de intérpretes, es digno de mención.

Y mientras nosotros, espectadores, esperamos soluciones más habituales del thriller de suspense, Edgerton se divierte rompiendo algunos (no todos, por cierto) moldes de ese cine tan arquetípico, y ahonda en cuestiones de una gran sordidez, pero siempre con una cámara limpia de prejuicios, sin caer en el exhibicionismo gratuito, contando algunas oscuridades del alma, y con un final abierto y moralmente ambiguo, realmente arriesgado y valiente, que en ningún momento pretende aleccionar o hacer sentir mejor al espectador, y que convierte a este buen debut en una película prácticamente redonda.

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