Princesas (2005), de Fernando León de Aranoa

No es Fernando León de Aranoa, para mi gusto, un director demasiado interesante, pero qué duda cabe que es uno de los más destacados realizadores españoles de su generación, y que, aunque en los últimos años su impacto ha decaído entre el gran público y la crítica, goza de un respaldo y una libertad de acción considerables dentro de nuestra exigua industria. Su debut fue realmente estimulante y prometedor con la estupenda Familia (1996), que aunque aún balbuciente era inteligente y dotada de aristas morales y estéticas muy interesantes. Su siguiente película, Barrio (1998), le consolidó como uno de los directores jóvenes que más llamaban la atención en la segunda mitad de los años noventa, y aunque no es ni mucho menos una gran película, algunas secuencias inspiradas y un notable sentido de la atmósfera, seguían prometiendo que este director podía hacer cosas buenas. El tercer largometraje de Aranoa, Los lunes al sol (2002), confirmaba el gusto de este cineasta por personajes marginales en ambientes de pobreza o desesperación, pero comenzaba a deslizarse por su imagen una auto-complacencia que no cuajaba con las limitaciones visuales y estilísticas de un director supuestamente humilde en lo estético pero muy ambicioso en lo argumental. Una auto-complacencia disfrazada de costumbrismo.

Ocurre lo siguiente en el cine español: como es un cine de grandes limitaciones presupuestarias y de público, pero aún así algunos directores en su seno quieren contar historias duras o terribles, solamente consiguen realizarlas algunos cineastas astutos que te cuentan cosas más o menos duras o terribles, es decir solo un poco sórdidas o un poco jodidas, pero que estén contadas mediante el suficiente costumbrismo y ternura, para caerle bien a los demás, y así hablar de temas como el paro, o la prostitución, y conmover o empatizar, y conseguir público y sentirse mejores personas. Ocurre exactamente igual en la novela española: es más importante caer bien que escribir bien. No molestar demasiado, no indagar demasiado. Y nada hay más socorrido para caer bien al espectador medio que el costumbrismo, en la observación de las costumbres típicas de la gente. Centrar tu historia en un gran tema social hace el resto.

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Princesas (2005) narra la historia de amistad entre Caye (interpretada con su habitual sabiduría escénica por Candela Peña, una excelente actriz cuando tiene un buen papel, no es el caso) y Zulema (a la que da vida la debutante actriz pueretorriqueña Micaela Nevárez), dos prostitutas que en un principio no tienen nada en común y que rivalizan por los mismos clientes, pero que se harán amigas y a través de esa amistad Aranoa reflexionará sobre el racismo, el machismo, la pobreza, la soledad… el problema es que todo está preñado de un romanticismo de barrio tan absolutamente impostado que es imposible conmoverse con lo que nos está mostrando. Aranoa olvida, o quizá ni siquiera sabe, que un artista no se basa en un gran tema para construir su mirada, sino que su mirada, su genuina visión del mundo, ha de ser su gran tema, y que en narrativa, ya sea literaria o audiovisual, no sirven las buenas intenciones, sólo sirven las imágenes, que han de ser, deben ser, más terribles y hermosas que la propia vida.

A fin de cuentas, han de sustituirla.

Y para crear una imagen nada delata más a un mentiroso, o a una impostura, que tratar de convencer al espectador o al lector: hay que convencerse a uno mismo. Y Aranoa no se cree lo que está contando, porque él ni está parado, ni es una prostituta, ni un feminista, sólo es un director muy astuto que se ha situado como cineasta en ese espectro del cine “social” que únicamente le sirve al espectador para sentirse mejor consigo mismo. Y esa no es la idea. Es precisamente la contraria. Hacerle ver un espejo. Pero supongo es demasiado para un director como Aranoa, o como tantos otros que toman al espectador por imbécil, al que le vale que le cuenten que las prostitutas son todas buenas y sacrificadas y sufrientes, pero son incapaces de capturar la vida en toda su complejidad.

No existe ni una sola secuencia, ni diálogo, ni personaje, destacable o interesante en toda la película. Alguna idea de puesta en escena, quizá alguna frase punzante o potente, pero todo ellos sostenido con tal falta de ambición cinematográfica, con una dirección de actores tan elemental, que queda completamente desvirtuada. Porque no sabemos a donde vamos o a donde quiere ir Aranoa con su Princesas, una pésima película que confunde sensibilidad con sentimentalismo, romanticismo con condescendencia. Otra de esas películas del cine español más social, más “a pie de calle”, que sin embargo es incapaz de hacer sentir al espectador precisamente eso: la sociedad, la calle, el dolor, la desesperación. No es tan fácil hacer una buena película. En realidad es tremendamente difícil.

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