Man on the Moon (1999), de Milos Forman

No es Milos Forman un director precisamente de mi devoción. Reconociendo, porque sería absurdo no hacerlo, su inteligencia y astucia para reciclarse en su transición del cine checoslovaco al cine estadounidense, y aunque creo que es un profundo conocedor del cine, creo que se han exagerado las bondades de sus dos películas más famosas, Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975) y Amadeus (1984), y que su cine es demasiado mecánico y falto de pasión, con una mirada que no sabría yo si definir como de autor o como de director comercial capaz de entender los gustos más exquisitos del cinéfilo o estudioso, lo que le ha hecho capaz de hacer pasar gato por liebre en algunas ocasiones.

Sin embargo, hay que otorgarle que es un afinado observador de la cultura y el “show bussines” estadounidense, como les sucede a tantos cineastas emigrados a ese país, que carecen de reserva alguna a la hora de retratar las particularidades, incoherencias o contradicciones de esa nación que les ha acogido, y que por tanto son capaces de ofrecer un punto de vista diferente al que allí se estila. Y si en El escándalo de Larry Flint (The People Vs. Larry Flint, 1996) buceó, sin llegar a ninguna profundidad, en la hipocresía estadounidense a la hora de tratar con el sexo en general y la pornografía en particular; en su siguiente película, la maravillosa Man on the Moon (1999) llega mucho más allá contando la historia de uno de los cómicos más irreverentes e inclasificables que han existido en las últimas décadas, el misterioso Andy Kaufman.

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La visión del artista

Forman es uno de esos talentosos, y extraños, directores que parecen sobrevolar aquello que están contando. Algo así como esos directores del cine académico de los años cincuenta. Narran bien, pero su corazón está ausente. No emocionan, sólo brillan. Aquí sucede otra cosa muy distinta. Erigiéndose en la que es, probablemente, su película más ascética, anti-comercial y sorprendente, por fin Forman se implica en lo que está contando y le importan sus personajes. No hay máscaras, porque para máscaras bastan las que lleva (metafóricamente hablando) Andy Kaufman/Jim Carrey. No hay una falsa impostura, como en Larry Flint. Tan solo, bajo mi punto de vista, existe el anhelo, el impulso de introducirse en la mente y el alma de ese individuo tan inaprensible, solitario e incomprendido…precisamente para comprenderle, quizá despreciarle a veces, pero capturando toda su absurda humanidad. Y la humanidad de Kaufman da para mucho.

Exponente radical de la contra-cultura de su país, Kaufman fue un brillante cómico que no se sentía como tal. Quería convertirse en una gran estrella de la televisión desde muy niño, y lo consiguió. Pero él se veía más como un artista de variedades: cantautor, músico, actor, embaucador, nihilista, era la pura transgresión e irreverencia. Forman contó para llevar su vida a la pantalla con un excelente guión de Scott Alexander y Larry Karaszewski, que fueron capaces de condensar en dos horas la vida, y el ascenso y caída, y sobre todo la capacidad de este hombre para el absurdo total y su lucha para establecer su visión y su misión como artista, que es el verdadero corazón de este relato. Pero por cierto que es un relato en el que laten muchos relatos: una reflexión sobre el humor, una lucha contrarreloj para vencer a la muerte, una búsqueda de la verdadera identidad, un viaje hacia las formas más estúpidas y al mismo tiempo más brillantes del entretenimiento básico, una crítica mordaz a la industria de la televisión, una historia de amistad…

Todo ello vertebrado, iluminado, por un impresionante Jim Carrey en uno de los papeles de su vida, en el que vuelve a interpretar a un mentiroso patológico (es decir, da vida a un actor nato con una personalidad muy definida, con la extrema dificultad que eso significa), y a un tipo digno de toda conmiseración, cuya verdadera identidad el espectador es incapaz de alcanzar. Carrey interpreta a un hombre que fue, en primer lugar, un cómico muy diferente a él, y que física y emocionalmente era lo opuesto. Y sin embargo su creación es digna de todos los elogios. Se introduce con aparente facilidad, y desde el genial e inesperado prólogo, en el alma y la desconcertante humanidad (que es de lo que se trataba) de Kaufman, y le dota de una dignidad, una belleza y una libertad literalmente indescriptibles. No hace solamente un homenaje, hace una obra de amor a la personalidad y vida de Kaufman, al que seguramente admiró aunque sus estilos cómicos (el de Carrey es la imitación elaborada, el de Kaufman sátira grosera; en Carrey todo es hacia afuera, en Kaufman todo es hacia dentro) sean tan divergentes. Secundado por los magníficos Paul Giamatti y Danny DeVito, Carrey hace aquí un monumento al desamparo.

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Punteada brevemente por el precioso tema Man on the Moon, que el grupo R.E.M. compuso en homenaje a Kaufman, y que luego dio nombre a la película, asistimos a la farsa absoluta, hasta el punto de que no se sabe verdaderamente si Kaufman realmente murió a la temprana edad de 35 años por un terrible cáncer de pulmón, o fue otra de sus bromas, tal como pensaban todos sus amigos. Lo que yo sí sé es que pocas veces se ha llevado a la pantalla la historia real de un hombre, sobre todo un hombre contemporáneo, con tanta sensibilidad y precisión, aunque seguramente hayan alterado (tal como advierte el propio Kaufman/Carrey en el prólogo) algunos segmentos de su vida con propósitos dramáticos. No se trata de la historia real de un hombre real. Sino de la falsa historia de un hombre en la búsqueda de su libertad íntima. De vencer a la muerte, se trata, aunque sea con una broma póstuma. Eso, creo yo, es el arte.

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