Espartaco (1960), de Stanley Kubrick

Una de las películas más famosas de la historia, y uno de los Peplum más atípicos, es sin duda Espartaco (Spartacus, 1960), que además es el menos Kubrick de todos los Kubrick (ahora volveré a eso), y según mi profesor de guión de la escuela de cine “la película más roja de todos los tiempos”. Proyecto muy personal de su productor y estrella principal, el gran Kirk Douglas, y una verdadera pesadilla de producción, porque el guionista Dalton Trumbo estaba señalado por la lista negra del senador McCarthy, instigador de la “caza de brujas” anticomunista, porque en pleno rodaje despidieron al director Anthony Mann, y porque, al fin y a la postre, se aglutinaron en la realización varios talentos muy dispares entre sí que bien pudieron convertir esta película en un desastre absoluto en lugar de en la obra imperecedera que finalmente tuvo lugar. Porque Spartacus es algo más que una gran película, es un alegato.

La dirigió Stanley Kubrick por casualidad. Hoy día, muchos adoradores de este irregular director, que se creía el más importante del mundo, aunque conozcan el hecho de que Anthony Mann fue despedido a la semana de rodaje, porque Douglas no se sentía a gusto con su estilo de trabajo, y que luego contrató a Kubrick porque era un cineasta joven al que conocía del rodaje de la estupenda Senderos de Gloria (Paths of Glory, 1957) y por tanto estaba seguro de que podría manejarle (no fue el caso, menudo era el director oriundo del Bronx…), hoy día, como decía, esos admiradores seguirán pensando que Spartacus es una prueba más del genio de este cineasta. Para mí no. Para mí es una prueba más de que el cine es una industria y un arte muy extraño, y que Spartacus poco o nada tiene que ver con Kubrick, porque aquí una compasión, una mirada tan alejada de prácticamente todo el cine de Kubrick, posterior o anterior, que considerarla un Kubrick más, me parece un ejemplo de estulticia.

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Luchar contra el poder

Cada vez estoy más seguro de que las historias, cuanto más sencillas, mejor. La mayoría de ellas, las grandes quiero decir, están construidas en base a dos ideas contrapuestas. Aquí, para mí, está claro: no se trata de un fresco histórico, o de una gran saga épica. Se trata de contar la historia de una derrota que es un triunfo. Es la lucha que durante milenios ha ocupado y destruido al hombre. La que enfrenta a los desposeídos y desgraciados contra el poder. Y ya desde los grandiosos títulos de crédito de Saul Bass, esa idea comienza a deslizarse en la retina del espectador, que asiste al espectáculo del hombre enfrentado al hombre, primero por diversión, y luego por dignidad. Spartacus está diseñada, como todas las grandes películas y todas las grandes novelas, para ejercer de testimonio: el de la pérdida y la posterior recuperación de la dignidad humana. Y también el de la lucha contra la opresión y la búsqueda de libertad.

Espartaco fue un esclavo Tracio que hace más de dos mil años se enfrentó a los romanos y les plantó cara en suelo itálico, en una de las revueltas de esclavos contra los amos que les sojuzgaban. Llevar esta historia al cine, en el tiempo en que se llevó, era un alegato en contra de la tiranía y a favor de la libertad de expresión y de ideas. Es probable que únicamente una gran estrella como Kirk Douglas, que por supuesto se reservó el papel protagonista, y que supo rodearse de un excelente equipo técnico e interpretativo, tuviera el poder para sacarlo adelante, pese a las muchas dificultades que hubo de afrontar. Verdadera apuesta personal, su decisión de despedir a Mann le puso contra las cuerdas, y Kubrick, más listo que un lince, sabía que no podía permitirse despedir a un segundo director, así que Kubrick actuó, por primera vez, como un tirano durante el rodaje. Es lo de menos, porque consiguió un filme de una factura técnica impecable (hoy día quizá desfasada en su fotografía, pero por aquella época una verdadera maravilla del operador Russell Metty, que se llevó el Óscar), y en el que importa mucho antes la personalidad de Trumbo y de Douglas.

No hay aquí nada de cristianismo (de hecho, históricamente, Espartaco vivió antes de la supuesta llega de Cristo), salvo una sola mención por parte del narrador (que nunca más vuelve a hablar, prueba de que era un pegote inicial luego descartado, por cierto innecesario), y obtenemos un peplum sin dioses ni mitos, sino absolutamente terrenal y terrible, que nos muestra la dureza de la vida de los esclavos y lo despiadados que eran sus amos y los entrenadores de gladiadores. Pocas veces se ha experimentado lo descarnado del hombre oprimido por el hombre, y en consonancia, la catarsis de la libertad cuando por fin pueden intentar ser libres. Y, a diferencia de lo que pueda pensar el lector que no ha visto la película, los esclavos no son retratados como seres angelicales perfectos, sino que caen en la tentación de la venganza y de comportarse como sus antiguos amos cuando pueden obligarles a luchar entre ellos. Para Trumbo, y Douglas, los esclavos no son más que seres humanos, imperfectos pero que merecen vivir como deseen, y que quieren que les dejen en paz.

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Pero no podrán, porque vencer al poder es imposible. Y nunca hemos visto el poder tan terrible como en los ojos de Laurence Olivier, que interpreta a Craso con una intensidad abrumadora. Él es el poder, no solamente ambicioso, sino depravado. Sin piedad. Y ante ese poder no cabe victoria pragmática, sólo moral. La lección, si existe, no es derrotar a ese poder, sino caer ante él y dejar que el futuro se ocupe del presente. Que Varinia no ame al vanidoso y acomplejado Craso es la mayor de las victorias, más aún que huya con su hijo recién nacido. Y ver a Varinia besando los pies de Espartaco crucificado es una imagen impresionante, que sustituye con facilidad cualquier imagen bíblica para anteponer una mucho más dolorosa: la del hombre aniquilado por el hombre, pero también al hombre triunfante porque al fin es libre, en la muerte o en el nacimiento. Sin amo, ni dios.

Nunca estuvieron tan bien Peter Ustinov ni Charles Laughton, dos actores portentosos, ni tan guapa y creíble Jean Simmons. Y la partitura que firmó Alex North (quien gozó del privilegio de disponer de más de un año para componerla) es por derecho propio una de las grandes composiciones de la historia. Pero todo eso es mucho menos valioso que la sensación anímica de la que se impregna el espectador: que la libertad no te la dan, se gana luchando, y que el poder siempre existirá para aherrojarnos. Al menos en el cine, durante unas horas, podemos vivir otras vidas, concretamente la de aquellos que lo dieron todo por vivir dignamente.

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4 thoughts on “Espartaco (1960), de Stanley Kubrick

  1. Me felicito a mi mismo de poder leer de nuevo una de tus entradas en esta etapa tan prolífica por la que atraviesas. Aunque no comparto lo de Kubrick como cineasta irregular, para mí sólo flojea hacia el final de su carrera, he de decir que es verdad que esta película es la menos suya y muy de Trumbo y Douglas y también me parecen prodigiosos los títulos de crédito. Y ya que va de rojos y de la película más roja de la historia ¿has podido ver Trumbo?¿Merece la pena?

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    1. No he podido ver Trumbo, aunque tiene una pinta magnífica. Además lo interpreta Bryan Cranston. Ya la veré.

      Gracias por leerme

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  2. No hay nada de cristianismo no sólo porque éste sea posterior al acontecimiento narrado, sino más bien, porque la historia de Espartaco es la de la revolución socio-política, siempre destinada a fracasar y a hacer correr ríos de sangre mientras tanto. Vemos cómo los propios esclavos terminan comportándose como el opresor del que han logrado liberarse, entrando en el eterno bucle del poder. Espartaco muere crucificado, ha conseguido la anhelada libertad material durante un breve tiempo. Creo que lo único que consigue es recuperar su dignidad, él sí, que no sucumbió a la fuerza del odio de la masa. Por eso Espartaco triunfa, y consigue emocionar con su empresa al hombre de todas las épocas.
    Sin embargo, esa imagen impresionante, y que dice el sr Massanet, sustituye con facilidad cualquier imagen bíblica, no lo ha hecho jamás en nuestra conciencia colectiva, ni lo hará, porque hay algo que impresiona aún más que una imagen representativa de la libertad civil y política, y es la de la libertad definitiva, la de los hombres en tanto que, servidores de un Dios-amor, dejan de pertenecer a otros hombres para ser hermanos todos ellos, en un proceso interior que trasciende esa libertad que Espartaco, y tantos otros, han perseguido con mayor o menor fortuna a lo largo de los tiempos.

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