Viridiana (1961), de Luis Buñuel

De entre las muchas películas famosas de la historia del cine (algunas realmente magistrales, otras mediocres, pero eso es lo de menos en estos casos), muchas de ellas destacan también por la historia que hay detrás de la historia. Por el cine (o más bien el absurdo, la comedia de costumbres, la perplejidad que nos provoca) que en la vida real tuvo lugar el hecho de que apareciera ese cine. Dicen, algunos obtusos, que el arte imita la vida. En absoluto. Es la vida la que imita, muchas veces (por suerte), al arte. La creación de Apocalypse Now (F.F. Coppola, 1979) es una película en sí misma, tan interesante como la gran obra maestra de Coppola (por cierto que existe un documental sobre ese rodaje, Hearts of Darkness: A Filmmaker’s Apocalypse (1991), para hacernos una idea de lo que hablo), pero no siempre un rodaje (o la concepción de una película) apasionante, caótico, de leyenda, ha dado películas magistrales. En realidad, es poco frecuente. Pero Viridiana (Luis Buñuel, 1961) es una de esas películas, sin ningún género de dudas.

Más de 20 años después de exiliarse en México, debido a la Guerra Civil española, Buñuel regresó a España a filmar una película, por la sencilla razón de que la actriz mexicana Silvia Pinal, con la ayuda de su marido el productor Gustavo Alatriste, estaban enamorados del talento del director y convencidos de que Viridiana sería una gran película si los tres colaboraban en ella. Buñuel se dejó convencer y volvió a su país de origen, y esta fue su primera y más importante decisión estética en la película, porque el revuelo que levantó su regreso, tanto en los círculos conservadores como también (y esto se ha comentado poco, creo) como en los más republicanos o progresistas, fue de tal calibre, que condicionó para siempre el desarrollo del proyecto, la recepción de la película, y su leyenda posterior. Más aún, si cabe, el estreno de la cinta, la crucial decisión del Festival de Cannes de otorgarle la Palma de Oro, y la extraordinaria polémica que rodeó durante casi dos décadas su existencia. Y todo por una historia acerca de la más casta y pura de las monjas…

Definitivamente la dictadura franquista también creó mitos cinematográficos…

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La pérdida de la inocencia

Una monja absolutamente virginal y desprovista de la menor malicia (Silvia Pinal, por supuesto, que jamás estuvo tan afligida ni tan guapa), pero provista sin embargo de un atractivo sexual insoslayable, se ve empujada a dejar su convento, por orden de su superiora, y a pesar de su renuencia inicial, para ir a visitar a su tío Jaime (al que da vida el genial Fernando Rey), quien hace no mucho perdió a su esposa, y que en cuanto ve a la novicia pierde la cabeza, se imagina que es su difunta mujer “redivida”, y se enamora de ella. Será únicamente el comienzo de este descenso a los infiernos que sin pudor habría firmado El Marqués de Sade, porque se trata del clásico relato de la pérdida de la inocencia en el que tantas veces indagó el parisino, y que el de Calanda, obsesionado por la represión sexual del país, según él, más pacato de la Tierra (el nuestro, claro está), no podía dejar pasar por alto.

La cándida e inocente Viridiana verá su fe, y sus creencias sociales, y su dignidad, y su identidad, por este orden, erosionadas de forma brutal y despiadada por la cruda pero honesta realidad: que el ser humano no es más que un animal digno de toda lástima, cuando no mezquino y cruel, dominado por sus pasiones y sus necesidades más básicas, capaces de borrar todo rastro de remordimientos, y a las que no pone límites ni los lazos familiares, ni la compasión hacia el más necesitado, ni la ignorancia; y ante la que únicamente cabe agachar la cabeza y convertirse en un ser humano más: desgraciado, miserable, pero vivo al fin y al cabo. Es en este sentido que Viridiana, esta obra magistral e imperecedera, se erige como un filme absolutamente humanista, porque para su director no caben componendas ni paños calientes bajo ninguna circunstancia, sólo la aceptación de lo imperfectos y terriblemente humanos que somos, y ese es, quizá, el primer paso hacia el autoconocimiento y hacia la verdad.

Filmada en un primoroso blanco y negro por el operador madrileño José Aguayo, fascina sobremanera la perfección, nitidez y modernidad de su imagen, hasta tal punto que parece imposible que hayan pasado cincuenta y cinco años desde su aparición. A ello cabe añadir el gran sentido visual del director, y la extrema credibilidad de su escenografía principal (responsabilidad del gran Francisco Canet): la gran mansión del tío de la protagonista y sus alrededores, que trasladan esa sensación de España profunda (de agricultores iletrados y de vagabundos), pero también de esa España de señoritos que perdura hasta hoy día (y que tanto tiene que ver, de alguna manera, con otra de las obras maestras de Buñuel, El ángel exterminador (1962), su siguiente película, de la que escribiré pronto). Un personaje más, sin duda, el de esa casa poblada de claroscuros morales, en la que por siempre vivirán imágenes tan impresionantes como la de Fernando Rey tratando de ponerse los zapatos de tacón de su amada muerta, o la más famosa y popular de la película, la de los mendigos en esa sórdida cena, preñada de clarividencia, dolor y nihilismo, ante la que Buñuel, con la cámara más gélida que nunca, sostiene una mirada sin el menor de los sentimentalismos.

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Erótica, cínica, nihilista, burda, errática, irregular, infame, terrible… Al igual que sucede con Lost Highway (David Lynch, 1997), es casi imposible sustraerse del torrente de emociones y conceptos que Buñuel es capaz de fijar en una imagen. Sacudidos por un talento, como el de Lynch, que nos lleva al límite, a pesar de contar una historia bastante sencilla, Buñuel se complace de poner patas arriba al cine. Absurdamente, su guión fue aprobado por la censura española, pero al ver la película, y sobre todo tras su premio en Cannes, decidieron prohibirla en España durante diecisiete años. A Buñuel le excomulgaron, al director de la cinematografía española le destituyeron por ir a Cannes. Más o menos lo que pasa con cualquier película importante actual… Y ahí quedó este filme fundamental de nuestra historia, con secuencia final irónica incluida, pues terminan jugando a las cartas los tres futuros amantes en una secuencia filmada con posterioridad por obligación, ya que Buñuel quería acabar la escena con Pinal cerrando la puerta tras de sí (algo que sugería más que lo que mostraba, pecado capital en la época), pero esa escena que le obligaron a filmar es una respuesta intelectual intencionada al final de El apartamento (The Apartment, Billy Wilder, 1960).

Mucha gente recordará con mayor ternura a la película de Wilder. Pero otros preferiremos siempre la irreverencia y la valentía del cine formalmente más arriesgado.

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One thought on “Viridiana (1961), de Luis Buñuel

  1. Gran película Viridiana. En mi modesta opinión una de las grandes (con mayúsculas) del cine español.
    Irreverente, provocadora, sensual y trágica; española cien por cien. Todo eso y más es este filme que fue perseguido con saña por los enemigos de la libertad, esos que trataron de anular (sin conseguirlo, afortunadamente) una obra que, cincuenta y cinco años después, sigue viva, fresca, actual como sucede con las obras maestras, las que perviven más allá del tiempo.
    Gracias amigo Massanet, por traer a éste, su nuevo blog, un comentario tan acertado y como justo.
    Con afecto, Jorge Moreno

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