Lost Highway (1997), de David Lynch

Ahora que se cumplen diez años después de su último largometraje, la fascinante y definitiva INLAND EMPIRE (20o6), aunque ha seguido trabajando sin descanso como cortometrajista y documentalista, merece la pena volver a acercarse al que en mi opinión es uno de los escasos cineastas netamente estadounidenses más importantes que ha dado su país, y a la que probablemente sea una de sus obras cumbre, la impresionante Lost Highway (1997), que en España se tituló Carretera perdida, y que se hace más grande y más imponente a medida que su aparición y su estreno se alejan en el tiempo, sobre todo porque en la actualidad el cine, principalmente el estadounidense, se ha rendido de forma definitiva a lo académico o, en el mejor  de los casos, a lo apolíneo, mientras muy pocos verdaderos cineastas pueden permanecer fieles a sí mismos. David Lynch es algo más, en realidad mucho más, que un director de cine independiente, o que un autor. Es realmente un estilo en sí mismo.

Tres años después de que su sucesor en el trono de director-autor de su país, el gran Quentin Tarantino (que, en el fondo, tanto le debe), hiciera Pulp Fiction (1994), Lynch construía un título tan extraño y vanguardista que cualquier cineasta joven debería reconsiderar si lo que está haciendo no está ya completamente superado, y preñado de tanta sabiduría y precisión cinematográficas que muchos directores consagrados deberían reflexionar si lo que han hecho ha estado alguna vez a la altura de lo que el genio de Montana consiguió con esta hipnótica película, o bien están muy por debajo en lo que a pulsión artística, personalidad, valentía se refiere. Ver Lost Highway resulta una experiencia inolvidable. Pero recordarla a los pocos minutos, o a las varias semanas, de verla, es exactamente lo mismo: una exaltación de los sentidos y de la mente.

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Resulta apasionante hablar o escribir sobre Lost Highway, porque es una obra que encierra numerosos espejos conceptuales, y un viaje que, como una muñeca rusa, encierra otros viajes, tanto físicos, como emocionales y psicológicos, y del que siempre se descubren nuevas aristas, nuevos espejos, que enriquecen continuamente la propuesta.

En inicio se trata de un thriller bastante convencional que, en la conclusión de su primer tercio, da un giro aparentemente radical e incomprensible, absolutamente surrealista e inesperado, y que en su tramo final une los dos tramos previos para darles total profundidad y pertinencia, tanto estéticas como argumentales, en un ejemplo perfecto de inspiración al servicio de un relato circular, que termina donde comienza. Pero en el interior de esta carretera perdida en el fondo de la mente, laten muchas películas, muchos relatos e ideas, todas unidas con singular talento e intuición por la mirada de Lynch, que hace fácil lo difícil.

Cuenta David Lynch que escuchó la combinación de palabras Lost Highway, y que algo en su creatividad se disparó. Por alguna razón necesitaba hacer una película, contar una historia, que tuviera ese título. Pero por supuesto en un principio no tenía ni idea de a dónde se iba a dirigir. Se reunió con su amigo y colaborador Barry Gifford, con quien había adaptado su novela Sailor & Lula, que se convirtió en Corazón salvaje (Wild At Heart, 1990), y juntos trataron de desentrañar qué necesitaba pintar en la pantalla Lynch. El proceso fue más complicado de lo que esperaban, pero poco a poco todo fue fluyendo: con ayuda de Gifford Lynch iba a hurgar en la zona más oscura de su cerebro, y pintar con ella el lienzo más siniestro que quepa imaginar sobre el tormento y el infierno de los celos masculinos.

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Fred Madison, un saxofonista inseguro y paranoico, casado con una bella y explosiva mujer, Renee, sospecha que le engaña y es incapaz de sentir satisfacción sexual en sus relaciones con ella. La pareja recibe una serie de cintas, que les han enviado anónimamente, y en las que se han grabado imágenes de su propia casa. Creyendo que están siendo víctimas de un acoso, o que un psicópata ronda su hogar, llegan a hablar con la policía para que investigue el origen de esas cintas. Pero un día Fred sufre una crisis de celos, y descubre que en la última cinta está grabado cómo él mismo asesina y despedaza a su esposa. Condenado a muerte por su crimen, sufrirá una “migración transgénica”, y se convertirá en otra persona. Libre de la cárcel, siendo ahora un hombre mucho más joven y viviendo otra existencia completamente diferente, conocerá a Alice Wakefield, una doble de Renee Madison pero con el pelo rubio, y se enamorará de ella. Pero los celos volverán a aflorar.

Semejante argumento disuadirá a muchos espectadores, y es posible que a otros les induzca a abandonar su visionado a los primeros minutos del metraje. Sin embargo se trata de uno de los más lúcidos y desgarradores títulos acerca de la locura, y a una huída sin salida hacia los demonios más devastadores de la mente. Fred, condenado a muerte, tratará de reconstruir su vida imaginando una existencia paralela en la que es un joven seductor que conoce a otra versión de su amor perdido. Esa idealizada imagen de sí mismo le robará la chica a un hombre peligroso y violento y podrá al fin disfrutar de un sexo salvaje, pero incluso en esa versión idealizada de su propia existencia todo se torcerá, y no tendrá más remedio que aceptar su versión inicial, sus celos, su inseguridad y su desprecio por sí mismo, y volver a ser el hombre roto que era en un principio, siempre envuelto en el frenesí de una oscura carretera perdida que no lleva más que a la desesperación.

Dentro de este relato, Lynch aprovecha para llevar a cabo lo que él considera que es un relato de suspense en el primer tramo, y un relato de cine negro en el segundo. Une ambos conceptos y crea algo absolutamente único, mientras construye una reflexión y un homenaje a ambos géneros. Y muchas de las imágenes que nos asaltan en ambos relatos se quedan para siempre en la retina. Nunca hemos visto un pasillo más tenebroso que ese al que Fred se encamina en su propia casa. Nunca una carretera nos ha parecido tan desasosegante. Pocas veces cada detalle del diseño de sonido (una obra maestra en sí mismo), de la arquitectura (muchos de los muebles y zonas están elaboradas por el propio Lynch), o de la fotografía (firmada por el habitual de Lynch, el buen operador Peter Deming), han confluido de forma tan contundente para crear una atmósfera y un conjunto tan perturbadores.

Únicamente Lynch ha incluido en una banda sonora (cuya orquestación está soberbiamente firmada por el también habitual Angelo Badalamenti) las texturas de canciones de gente tan dispar como David Bowie, Smashing Pumpkins, Trent Reznor, Rammstein, Marilyn Manson (éste último, en su primer aparición en una película), para proporcionar al espectador de paladar más exigente una experiencia sensorial y un viaje psicológico absolutamente magistrales.

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