Érase una vez un director llamado Steven Soderbergh

Intelectualmente hablando, estoy en contra, o por lo menos tengo mis sospechas íntimas, de esos directores o novelistas que paren obras de forma compulsiva. Esto no significa, ni mucho menos, que todos los que presentan un nuevo (o dos, o tres…) trabajo cada año, sean merecedores de estas sospechas. Hay algunos, muy pocos, que deberían gozar de la oportunidad de filmar más, de publicar más. Pero en general, los cineastas o novelistas cuyo volumen de trabajo les permite construir una carrera dilatada en estrenos y novelas, lo consiguen porque, en el fondo, son creadores comerciales, totalmente entregados al llamado “mainstream”, que a cada título pierden un poco más de la (escasa) personalidad que muestran al mundo, y en el momento en que se ejerce el legítimo derecho de valorar esa globalidad, está claro que muchos de esos títulos, la mayoría, sobraban, que no deberían haber visto la luz, y que más le valía a ese artista haberse quedado con un tercio, o un cuarto, de esos proyectos, y haber descartado el resto.

Esto le sucede hasta a Woody Allen, una de esas vacas sagradas a la que muchos cinéfilos no se atreven a tocar. En mi opinión un tercio de su filmografía, con manga ancha, es prescindible, muy al contrario de lo que sucedía con su admirado Bergman, también muy prolífico, en cuya carrera no hay nada desechable. En el caso de Steven Soderbergh, no solamente te preguntas por qué ha decidido filmar según qué cosas, sino que te preguntas, al menos en mi caso, por qué sigue dirigiendo, cuando no está claro qué tipo de director es, qué pretende o qué intenta, más allá de acumular títulos de la más diversa naturaleza, convirtiéndose en uno de los directores más extraños (con permiso del infumable Ridley Scott) de su país. Más sangrante es aún el asunto cuando este director una y otra vez anuncia su retirada definitiva del cine, como una diva que espera que el mundo entero le pida regresar, aunque una y otra vez el mundo del cine muestra indiferencia hacia su supuesto retiro, o hacia su presumible retorno con otra ridiculez de película.

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Es Soderbergh un director inteligente, profundo conocedor de la técnica cinematográfica (como atestigua el hecho de que es el director de fotografía de la mayoría de sus películas, con escasas excepciones, y un buen y avezado operador además), y cuyos aislados aciertos revelan a un verdadero cineasta: valiente y nada acomodaticio, buen director de actores, versátil y con bastante sentido visual. Pero es, también, el ejemplo vivo de lo que ocurre cuando no te tomas en serio tu propia carrera, cuando se confunde heterogeneidad de temas y estilo con incoherencia y disgregación tonal, con una abigarrada mezcla de intereses narrativos que no concreta en nada. Todo ello solazado con sus títulos más abiertamente comerciales, que si en un principio eran disfrutables, ahora son la marca de todo cineasta incapaz de construir una mirada propia, y de defender su visión como artista.

Comenzó Soderbergh por todo lo alto, convirtiéndose en “estrella por un día”, cuando debutó con la bastante estimable Sexo, mentiras y cintas de vídeo (1989), que se alzó con la Palma de Oro del Festival de Cannes, nada menos, y a los 26 años. De pronto era el director por antonomasia del cine independiente (cine indie, o como se quiera llamar) de su país, que tantas alegrías (y algunas amarguras) nos ha dado a los espectadores. Pasó del tema, lo cual me parece más que bien, llevando a la pantalla una serie de títulos, en la siguiente década, dignos de un director de segunda fila que trataba de sobrevivir en la industria. Lo malo es que se las daba de autor, queriendo no ser autor al uso. Algo bastaste extraño y contradictorio. Además, ni Kafka (1991), ni King of the Hill (1993), ni Underneath (1995), ni Gray’s Anatomy (1996), ni Schizopolis (1996), son especialmente interesantes. Muy poca gente las ha visto y nadie se acuerda de ellas. Son las películas de un director que quiere huir a alguna parte y no se sabe a dónde, y poco importa ya.

A continuación dirigió dos de sus películas más interesantes, formalmente similares y bastante estimulantes: Out of Sight (1998), que aquí se llamó absurdamente Un romance muy peligroso… (sin comentarios) y The Limey (1999), que aquí llamaron El halcón inglés… (sin comentarios de nuevo, porque es una expresión, Limey, mucho más sugerente de lo que dio de sí el título español). La primera fue el encuentro con la por entonces estrella emergente George Clooney, estupendamente acompañado por Jennifer Lopez en su mejor papel hasta la fecha en el cine, y por varios buenos actores de reparto. Un policíaco con aroma setentero, divertido y lleno de encanto, cuyos brotes de violencia y cuidado romanticismo se hermanaban con gracia y astucia. La segunda, aún mejor, con un papel estelar para ese actorazo poco conocido por el gran público, el londinense Terence Stamp, en una historia de búsqueda, redención y venganza, contada de forma no lineal, sin el menor divismo en su puesta en escena, seca y abrupta. Daba la impresión de que Soderbergh estaba buscando su estilo y que estaba consiguiendo, al menos en cine de género, asentar cierta mirada y ciertos gustos personales.

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Al año siguiente llegó la irregular, con happy ending incluido, pero de momentos realmente magníficos, Traffic (2000), y Soderbergh se llevó el Oscar a mejor director y parecía que, realizando un thriller sobre las tripas del sistema, a medio camino entre el vehículo de lucimiento para estrellas y cine de autor, había encontrado su sitio en la industria y quizá llegaría pronto una gran película. Ese mismo año filmó la emotiva aunque bastante facilona Erin Brokovich. Típica historia de denuncia social con Julia Roberts como estrella absoluta, y de nuevo excelentes secundarios como Albert Finney o Aaron Eckhart, que nada aportaba a su filmografía, pero que también fue un éxito de taquilla.

A partir de ahí ha ido alternando entre filmes altamente comerciales (la trilogía Ocean’s, con sus amigos George Clooney y Brad Pitt a la cabeza del reparto…filmes divertidos de ladrones muy cool, que se olvidan tan pronto como termina el visionado) con otros más supuestamente arriesgados, como el disparate de volver a adaptar la novela del polaco Stanisław Lem, Solaris, en 2002, que ya llevara a la pantalla 40 años antes el gran Andrei Tarkovski, y de nuevo con Clooney, y otros proyectos muy poco interesantes, de nulo impacto en la cinefilia y la crítica, como Full Frontal (2002), Bubble (2005), El buen alemán (The Good German, 2006), el díptico sobre la figura histórica del Che (2008) interpretado por Benicio del Toro y que ya nadie recuerda (en justicia), The Girlfriend Experience (2009)… Así hasta sumar casi 30 largometrajes en una carrera de poco más de veinte años (ya me gustaría que hubiera sido el mismo caso en Scorsese o Coppola), que parece más apagada que nunca (lo que es mucho decir), empeñado Soderbergh en ser un director más o menos autor, pero no, comercial pero tampoco, experimental pero académico, que viene y se va, y deja el oficio pero vuelve. Que carece de la mínima pasión por lo que está contando y que da la impresión de ser un niño grande que se divierte con un medio en el que tiene el privilegio de trabajar y con el que supongo vivirá muy bien.

Pero dudo bastante que nadie pueda incluirle ya entre los directores más importantes de su país, ni siquiera entre los meramente interesantes (¡ni desde luego entre los destacados de su generación!), o que tenga ya esperanza en que por fin pueda dirigir algo verdaderamente importante. Puestos a elegir, prefiero a los actualmente muy aburridos y predecibles hermanos Coen, y con eso creo que lo digo todo. Pero mucho me temo que abundan directores así, y no solamente en el cine estadounidense: muy preparados, inteligentes, profundos conocedores de la industria y la técnica…que hacen películas como quien ficha en una fábrica, y que ganan mucho dinero pasándoselo muy bien mientras el cine, siempre en estado de espera, necesita de otros, los directores valientes, quizá con películas pequeñas o muy imperfectas, pero vivas. Aunque de vida, lo que se dice vida, gente como Soderbergh (y Spielberg, y JJ Abrams, y Burton, y tantos otros…) no saben absolutamente nada, ni les importa.

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4 thoughts on “Érase una vez un director llamado Steven Soderbergh

  1. Muy de acuerdo en prácticamente todo, Adrián. Un director a todas luces decepcionante. De hecho, lo que más me gusta de él es ‘The Knick’, una serie que no ha levantado mucha polvareda pero es sumamente interesante, y que te recomiendo humildemente. Y bueno, hace un par de años salió una noticia sobre que quería adaptar ‘El plantador de tabaco’ —¿qué opinas de esta novela y de John Barth en general?— para la televisión, así que yo encantado. Quizá su mejor etapa esté comenzando y se cristalice en la pequeña pantalla. Cosas más raras se han visto.

    Un saludo.

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    1. No he leído absolutamente nada de ese autor. Tampoco he visto esa serie.

      Pero nunca se sabe, gente así luego te sorprende con alguna cosa maravillosa.

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  2. ¡Hola, Adrián! Antes de nada, discúlpame, porque mi comentario no es referente al cine, pero no tengo, o no sé hacerte llegar este mensaje de otra manera. “Pedazos” tiene la culpa. Hace ya un tiempo, los lobos me guiaron hasta tu cuaderno audiovisual y en él, escuché los colores, y vi que no era la única, jajaja. Allí encontré un lugar donde escaparme de las trampas de este “mundo gris”, y quería que lo supieras. Estoy segura que no soy la única que llegó guiada por una manada y se quedó. 😉

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