Crueldad intolerable (2003), de los hermanos Coen

Hubo un tiempo en que yo veneraba a los Coen. Hace ya bastante de eso. Directores independientes por antonomasia del cine estadounidense, sus inicios fueron estimulantes, originales, irreverentes, gamberros y muy personales. Esta veneración concluyó con la magnífica The Big Lebowski (1998), su séptimo largometraje; y en mi opinión su declive comenzó con el siguiente, la divertida pero impersonal Oh Brother, Where Art thou? (2000). Desde entonces han confirmado que son capaces de seguir obteniendo la atención de la crítica y han disfrutado de algunos éxitos de taquilla que les han permitido desarrollar (lo cual es bastante meritorio) una fluida filmografía que ya, con la que está a punto de estrenarse, cuenta con nada menos que diecisiete películas. Pero hace demasiado que cada nueva propuesta suena a algo ya visto, que no vamos a encontrarnos con ninguna gran película como Fargo (1996), y que si nos brindan algo bastante divertido podemos darnos por satisfechos.

Su carrera ha alternado entre las comedias más delirantes (algunas de ellas realmente inolvidables, otras no tanto) y los dramas, e incluso melodramas, más oscuros y hasta crípticos. Siempre con esa irónica mirada que tanto les caracteriza y que en sus primeros trabajos era muchísimo más incisiva y hasta poética, pero que ahora suena y sabe a la creación de dos directores muy astutos y que se las saben todas, pero que no tienen ya el menor interés en correr riesgos parecidos a los de Barton Fink (1991), es decir que juegan a un juego ya sabido y con las cartas marcadas. Su décima película, Crueldad intolerable (Intolerable Cruelty, 2003) no es desde luego una de sus más grandes comedias, pero tampoco es uno de sus filmes más olvidables. Se ve bien, te lo pasas en grande con algunas secuencias, y se olvida pronto. Pero esta película es interesante en su carrera por varias razones que enumeraré a continuación.

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Existen determinadas películas en las carreras de directores célebres que, aunque no son ni de lejos lo más destacado que han realizado, sí son capaces, no se sabe por qué raro sortilegio, de mostrar más de la personalidad, de sus virtudes y sus limitaciones, que otras películas que podríamos considerar importantes en su trayectoria. Es el caso de Crueldad intolerable, una especie de comedia loca mezclada con comedia romántica, que por primera vez no está escrita en inicio por los hermanos Coen (sino por Robert Ramsay, John Romano y Matthew Stone, aunque los cineastas harían el borrador final), y que también por primera vez está producida por alguien ajeno a la pareja de creadores (el californiano Brian Grazer, bastante asociado con la carrera de Ron Howard), dos detalles que parecen triviales pero que colocan a este proyecto fuera de la órbita de lo que se supone que interesaba a los Coen hasta ese momento. Es mucho más importante de lo que se cree que el guión parta de los directores (y un comentarista hace poco, me parece, dudaba de tal certeza), y que en la producción exista una heterogeneidad de ideas, de lo que parece.

Porque esta historia de abogados granujas, maridos millonarios y arpías comehombres, con happy ending incluido, tiene poco que ver con lo que habían explorado los Coen hasta la fecha. No cabe duda de que en su cinefilia, se plantearon esta película como un homenaje o revisión a aquellas míticas comedias de abogados de los años treinta y cuarenta, un poco a lo Howard Hawks, pero si cogemos el guión, y nos olvidamos de los Coen, convendremos que la estructura, el punto de vista, la forma de organizar las secuencias, no es puro Coen, ni mucho menos. Algo así como unos Coen de encargo. Sin embargo, y ahí está lo interesante, saben teñir esta historia con detalles puramente Coen, en la puesta en escena, y sobre todo en la caracterización de personajes principales y secundarios. Abogados, ayudantes, socios decrépitos, jueces y juezas, detectives de tres al cuarto, maridos bobos y mujeriegos, terminan formando parte de la galería Coen, muchos formando parte de la larga tradición de retrasados mentales a los que la pareja de directores tanto les gusta poner en una pantalla.

Miles Massey, uno de los abogados más fulleros y caraduras que se recuerdan, interpretado con bastante inteligencia por George Clooney, encontrará la horma de su zapato cuando una bella mujer, a la que da vida una estupenda Catherine Zeta-Jones (quien por cierto, jamás estuvo tan atractiva como aquí), quiera vengarse de él por haberle estropeado sus planes de casarse con un millonario bastante bobalicón y mujeriego al que sacarle todo su dinero cuando descubra sus infidelidades, y así vivir el resto de su vida como una reina. Se sentirá tan atraído y fascinado por ella que todo se convertirá en un disparate sin pies ni cabeza que no se sabe cómo va a acabar, pero que termina, claro, bien, porque al fin y a la postre se trata de dos sinvergüenzas redomados que se parecen bastante, y en todo este viaje, asistiremos a unas cuantas secuencias realmente divertidas.

La clave, en mi opinión, es un Clooney que clava un papel complicado, porque ha de ser al mismo tiempo seductor y estúpido, astuto y bufón. Un rol muy al límite, que podría haber caído fácilmente en un desequilibrio absoluto que condujera al desastre de tono, pero que se mantiene en pie, gracias también a su evidente compenetración con Zeta-Jones, también magnífica, y a todo su reparto (en el que caben actores excelentes como Geoffrey Rush, Richard Jenkins y Billy Bob Thornton y otros desconocidos pero a los que los Coen saben llevar a su terreno), y a proponer una mezcla, bastante absurda, entre cine negro y comedia romántica, que se sostiene a pesar de las arritmias y las concesiones al gran público, y que por tanto muestra de qué son verdaderamente capaces los Coen, haciendo disparatada una historia que poco tiene que ver con su personalidad, apoyados por la excelente fotografía de Roger Deakins (al que podría considerarse ya el tercer Coen) y la música de Carter Burwell (el cuarto Coen…)

Bastante más disfrutable y “Coen”, que sus dos siguientes remakes de míticas películas (los de El quinteto de la muerte (The Ladykillers, Alexander McKendrick, 1955) y Valor de ley (True Grit, Henry Hathaway, 1969), que llevaron a la pantalla, respectivamente, en los años 2004 y 2010), y que demuestra la complejidad de mantenerse fiel a un estilo y a una mirada en una industria como la estadounidense, en la que sólo grandes nombres como Paul Thomas Anderson y Quentin Tarantino, entre muy pocos más, y no sin grandes dificultades, pueden seguir siendo fieles a sí mismos.

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