Por un puñado de dólares (1964), de Sergio Leone

Escribir sobre una película tan famosa como Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, Leone, 1964) entraña sus riesgos, porque corre el escritor de turno el peligro de caer en la veneración más ciega, por un lado, o en la incapacidad de comprender el origen de esa fama, por otro, ya que tantas películas famosas de la historia del cine no son en absoluto grandes películas, porque sólo el tiempo y la mítica les ha concedido un lugar de privilegio. También porque se ha escrito tantas veces sobre ellas, con mayor o menor acierto, que es complicado encontrar algo más que decir. Por mi parte, puedo afirmar que la vi y la disfruté cuando era muy niño, y me quedé fascinado por sus imágenes, así como las de las otras dos películas integrantes de la denominada “trilogía del dólar”, que irónicamente le proporcionaron a Clint Eastwood en Europa el espaldarazo para convertirse en una estrella en Estados Unidos.

Vista muchas veces más, y muchos años después, puedo reconocer que conserva gran parte del encanto que me fascinó de chaval, así como darme cuenta de las limitaciones de las que adolece y las estrategias narrativas que el también muy famoso Sergio Leone (cineasta al que en absoluto pondría en los altares de su oficio) puso en imágenes para construir su primer Western. Es Por un puñado de dólares una pequeña película de aventuras, filmada con astucia y mucho instinto por un director al que no es posible atribuirle grandes profundidades intelectuales o estéticas, cuyo mayor mérito consiste en conocer a fondo sus carencias y explotar al máximo sus virtudes. Su tremendo éxito de taquilla sirvió para que Leone pudiera seguir haciendo westerns, género que veneraba, y para que el Spaguetti Western se instaurara como una especie de sub-género cinematográfico (aunque en realidad más valdría hablar de sub-género de producciones serie B).

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No fue el primer Spaguetti (término despectivo con el que desde entonces se clasificó a estas producciones europeas…creo recordar que a las españolas se las llamó Chorizo Westerns…), pero sí fue el que abrió la veda para que entre los años sesenta y setenta se filmaran más de medio millar, que se dice pronto, de westerns de este estilo: baratos, de personajes bidimensionales, muchos de ellos casi abstractos en su simpleza argumental, filmados entre Almería y Cinecittá. Los más famosos y los de más éxito, los de Leone. Dicen algunos que la magnífica Veracruz (id, Robert Aldrich, 1954), fue algo así como la precursora del género. Yo no estoy seguro, pero ésta que nos ocupa, en particular, es un plagio descarado de la obra maestra de Akira Kurosawa Yojimbo (1961), tan descarada que cuentan que cuando el gran director japonés la vio no tardó ni un segundo en decidir que iba a demandarles, y ganó el pleito.

Pero más allá de su argumento, que por supuesto es un calco al filme japonés, la puesta en escena de Leone está tremendamente influenciada por la de Kurosawa, tanto en la composición de los planos como en el ritmo y hasta en la dirección de algunos actores. Tiene su gracia que Kurosawa fuera un director que, en cierto sentido, admirara tanto a John Ford (en mi opinión era muy superior a él, por cierto) y tratara de inspirarse en sus películas, y que luego Leone, un director italiano enamorado de los westerns, plagiara el estilo y el argumento de las películas de Kurosawa. Pero es una de esas extrañas concomitancias de la historia del cine. Lo que sí se le puede otorgar a Leone, sin la menor duda, es una puesta en escena eléctrica y muy física, que iría depurando y refinando a lo largo de los años y las películas en su breve filmografía. En este filme, se ve a los caballos correr, llevados por sus jinetes, y a los pistoleros morir, como pocas veces en el cine. Se percibe el polvo del camino, el esfuerzo de los caballos, el impacto de las balas. Cuando no hay miradas larguísimas, y casi sin diálogos, hay destellos de violencia y de intensidad realmente impresionantes.

Un pistolero sin nombre (al que sin embargo el sepulturero llama Joe en varias ocasiones…) llega a un pueblo mexicano cercano a la frontera con Estados Unidos, llamado San Miguel (y por cierto que esta localización se filmó en Hoyo de Manzanares, Madrid), dispuesto a vender sus habilidades al mejor postor. Averigua, como en el filme de Kurosawa, que hay dos bandos rivales que tratan de dominar el emplazamiento y los negocios turbios que puedan aprovechar. Unos son los Baxter, aparentemente de ascendencia gringa, y otros son mexicanos, los hermanos Rojo, cuyo hermano mediano Ramón es el líder, y es capaz de cualquier cosa con tal de ganar dinero, echar a los Baxter y hacer su voluntad. Además, está enamorado de una bella campesina, llamada Marisol, casada y con un hijo, a la que tiene secuestrada como una esclava sumisa. El pistolero ofrecerá sus servicios a uno y otro bando, y los engañará durante un tiempo, mientras va creciendo en él una compasión hacia la campesina y su familia, y una animadversión hacia Ramón. El clímax, claro, será impactante.

Ya en los títulos de crédito, puntuados por la sorprendente (épica y al mismo tiempo irónica) música de Ennio Morricone, se avisa que vamos a acceder a un espectáculo sangriento y muy dinámico. Para Leone, en el western cabe poco o ningún romanticismo: son todos mezquinos, violentos, avariciosos y mentirosos. La imponente presentación de Ramón (interpretado con una fuerza indescriptible por el gran Gian María Volonté, quien repetiría papel casi idéntico en la posterior La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, 1965), y es que era una bestia parda cinematográfica) da la medida de la capacidad de Leone, muy bien secundado por Morricone, para crear villanos antológicos. Es el perfecto antagonista del pistolero lacónico interpretado por Clint Eastwood.

Sin embargo yo aún veo aquí cierta querencia por presentar a un héroe bastante clásico, pues el pistolero de Eastwood, aunque no tiene ningún problema en matar a los secuaces de uno u otro bando, sí actúa por motivos nobles. Finalmente ayuda a la familia de campesinos a costa de su propia seguridad, y se vengará de Ramón y sus hermanos sobre todo porque han capturado a su amigo el tabernero. Los otros dos pistoleros lacónicos que interpretaría Eastwood para Leone carecen de tales rasgos humanos: traicionan a los amigos y no tienen el menor atisbo de moralidad, ni son capaces de demostrar sentimientos más allá de la pura codicia.

Eastwood, quien para mí dirigió muchos años después el western definitivo, Sin perdón (Unforgiven, 1992), dedicado no por casualidad a Sergio Leone y a Don Siegel, está dirigido con sequedad y con algunas carencias de tono y de carácter. Leone nunca fue un gran director de actores, aunque sin duda mejoró película a película hasta conseguir grandes resultados en su último largometraje. Este pistolero sin nombre es mucho más interesante en un Spaguetti que no es de Leone, aunque le debe mucho: Dos mulas y una mujer (Two Mules for Sister Sara, Don Siegel, 1970). Pero es ya uno de los personajes más famosos de todos los tiempos. La imagen pura de un postmodernismo consciente de sí mismo.

 

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2 thoughts on “Por un puñado de dólares (1964), de Sergio Leone

  1. Gran crítica, Adrián.

    Por cierto, por curiosidad, ¿qué opinas del siguiente remake (este sí lícito) que se hizo de ‘Yojimbo’ de Kurosawa? Me refiero a ‘Last Man Standing, de Walter Hill; con Bruce Willis, Christopher Walken y Bruce Dern; trasladando la acción a un pueblo fronterizo de Texas durante la época de la Ley Seca. A mí me parece muy bueno también, la última gran película de Hill.

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    1. Hola Ramón, ¿No serás Ramon Rojo verdad? es broma…

      Esto no es un remake, ni lícito ni ilícito, es un plagio en toda regla. La de Walter Hill pues bueno, no está mal.

      Gracias por leerme.

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