Escuchar las películas

Muchas veces, cuando una película no me gusta especialmente pero sigo viéndola o revisitándola de cuando en cuando, y a ello se suma que no comprendo con exactitud por qué vuelvo a verla y me atrae, me doy cuenta que más que verla, lo que hago es escucharla. Muchas, muchísimas películas, de la historia del cine, son verdaderamente mediocres en su composición y, sin embargo, tienen la suerte de contar con una música extraordinaria, que por arte de magia las vuelve mejores, más interesantes, profundas y emocionantes, mejor dirigidas y elaboradas.

Morricone

Por supuesto que también existen películas notables, incluso excepcionales, que entre sus sonidos cuentan con la partitura de un músico dedicado casi en exclusiva al cine, o con piezas de música culta, o con creaciones que no fueron pensadas inicialmente para esa película y que se han escogido para darle tono y fondo, que serían igualmente notables o excepcionales sin esa música, pero es algo poco común. Lo que me parece increíble es que muchos no se paren a reflexionar que esa cinta que a ellos les parece magnífica, no lo sería tanto, ni mucho menos, si le quitaras la música, que es el arte más grande y perfecto que existe. No solamente porque la música carece de ideología, y por tanto es casi imposible que resulte tendenciosa, sino que ese arte es al mismo tiempo escritura e interpretación, la expresión máxima de los sentidos y la pasión.

Quiero decir con todo esto, que un director de cine limitado o mediocre, si es inteligente, sabrá ocultar sus carencias, su torpeza o su falta de ritmo, eligiendo un tipo de música que le convenga a su película, y prácticamente nadie se parará a estudiar que la puesta en escena es arrítmica e inútil, pero que se transforma y es vigorosa gracias a la música que viste las imágenes y da tono a la historia. Ejemplos como estos los hay a centenares en la historia del cine. Lo verdaderamente raro y hasta inédito es un director que sepa darle musicalidad a sus películas sin necesidad de contar con música. Y que, si decide incluir música, la emplee y la diseñe de tal forma que su película no dependa de la música para volar más alto estéticamente hablando. La pertinencia de la música, o de la ausencia de música, siempre ha sido territorio vedado de los más grandes cineastas.

En realidad, las artes narrativas (el cine, la música y la literatura), principalmente dependen del tiempo, de la representación del tiempo vivido y experimentado a través de las imágenes, las letras y las notas musicales, para crear una peripecia temporal, dinámica en la percepción del paso del tiempo. Estas tres artes se han retro-alimentado mutuamente durante décadas. Pero la música y la literatura pueden existir (y han existido durante siglos) sin el cine, y al cine le cuesta mucho vivir sin la música o la literatura. Grandes directores de la historia, como Francis Ford Coppola o Ingmar Bergman, comprendieron que los planos y los elementos del plano, y el montaje entre los planos, ha de ser como la composición de una sinfonía en la que todo tiene un valor no aparente, sino armónico, interno, invisible, que de alguna forma suena, posee un ritmo y compás interno. Por supuesto que en sus obras maestras existe literatura (en lo referente a la construcción del guión), y existe música diegética o extra-diegética, pero no resultan literarias ni dependen de la música para poseer musicalidad.

Compositores y directores

Bajo mi poco ecuánime punto de vista, existen muchos más compositores de música de cine con gran talento, que directores. Y durante muchas décadas músicos excelsos han contribuido a hacer del cine algo más importante y emocionante de lo que realmente era. A partir de los años sesenta y setenta, una vez que el sistema de estudios norteamericano empezó a decaer, no por casualidad la música dejó de ejercer un papel servil frente a las imágenes, y poco a poco su utilización se convirtió en algo más interesante y de mayor profundidad y pertinencia estética.

Porque, seamos francos, cuando escuchamos la música de una película, sentimos, de alguna forma, que esa música pertenece totalmente a la inspiración del director. Es como si él la estuviese tocando. Y así debe ser, quizá. El cine es un medio tirano, y hasta la última línea de diálogo (aunque no haya escrito ni una sola coma del guión…), incluso la más inesperada nota de su score, es responsabilidad del director, que para eso se lleva la fama eterna si la película resulta una obra de arte (y por supuesto todos los palos que hagan falta si resulta un bodrio infumable), y para eso tiene la suerte de ejercer un privilegiado oficio de dioses. Pero hay un compositor detrás, y a menudo es más director de cine que el propio director de la película.

Los más célebres compositores de la historia nos los conocemos todos: Ennio Morricone, John Williams, Bernard Herrmann, Nino Rota, John Barry, Jerry Goldsmith, Basil Poledouris… En los últimos tiempos destacan los magníficos Alexandre Desplat, Hans Zimmer, James Newton Howard, Jóhann Jóhannsson, Alberto Iglesias, y muchos otros. Es una labor fundamental para el éxito narrativo de una película, y ganan fama y bastante dinero. A partir de un score sensacional, el director puede emplearlo como considere oportuno, haciendo de la música algo poético y sugerente, que ayude a crear el tono, o bien de forma recalcada, enfática, para explicar cosas al espectador que ya entiende por sí mismo, es decir tomándole por tonto. Muchos pensamos que el cine no debería necesitar de una sinfonía para tener música, pues el mundo ya suena de por sí, y de forma bastante interesante. Significaría entrar en el debate de la extrema (y poquísimo valorada) importancia del sonido en una película. Pero creo haber explicado mi postura acerca de la necesidad de que el cine se separe de forma más radical de la música, así como de la literatura, para adquirir autonomía plena, así como el hecho de que los grandes genios de la música de cine, que han hecho cosas maravillosas, han sido clave cuando la película carecía de musicalidad.

 

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