Hiroshima mon amour (1959), de Alain Resnais

Volviendo a ver esta maravillosa película, dos sensaciones encontradas me asaltan y me hacen reflexionar. La primera es la de comprobar, una vez más, que ciertas bellas obras jamás quedan obsoletas, pues el tiempo no les hace mella. La segunda es pena y frustración, porque hace cincuenta y siete años que estas imágenes nacieron, y parece increíble que muchos cineastas sigan todavía, más de cinco décadas después, obstinados en contarnos historias en imágenes exactamente igual unos a otros, y, lo que es peor, despreciando las verdaderas capacidades del medio artístico del que disponen, mientras que por el contrario grandes artistas como Alain Resnais fueron capaces de llevar el cine a territorios inexplorados, y fueron lo suficientemente valientes para cristalizar una cinematografía, una forma de arte, absolutamente inspiradora y libre. Ver Hiroshima mon amour (1959) es asistir a un soplo de vida y de libertad al que pocos cineastas actuales pueden aspirar. El primer largometraje de Alain Resnais supuso una conquista que él mismo superaría años después, y que junto a otras obras posteriores de los años sesenta y setenta (principalmente europeas y asiáticas, aunque también estadounidenses), avisó de lo que en verdad es capaz este arte maravilloso, terrible, contradictorio y fascinante que es el cine.

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Una de mis mayores intenciones como escritor sobre cine, ha consistido, siempre que me ha sido posible, en explicar por qué opino (y sé que no estoy solo en esta certeza) que el cine de los años sesenta y setenta, el gran cine, fue mucho más allá que el que durante mucho tiempo se ha establecido como el más importante y valioso, es decir el cine estadounidense de los años treinta, cuarenta y cincuenta. Soy consciente de que el primero no podría haber existido sin el segundo, pero mientras muchísimos críticos y cinéfilos insisten con recalcitrante vehemencia que esa “etapa dorada” (eso que tantos llaman también “cine clásico”) es el ejemplo a seguir, y lo más grandioso que jamás se ha producido, otros pensamos que la respuesta a ese clasicismo, que no era otra cosa que academicismo, que tomó forma con el nombre de Nouvelle Vague en Francia, Neorrealismo en Italia, Free Cinema en Reino Unido, y el Nuevo Cine en España, así como por supuesto la generación de nuevos autores surgidos en Estados Unidos en los años sesenta, y la eclosión de otros cineastas totalmente inclasificables como Ingmar Bergman, Andrei Tarkovski, Rainer Weiner Fassbinder, Luis Buñuel, Michelangelo Antonioni y un largo etcétera de grandes cineastas…esa respuesta al academicismo sí es lo más importante y valioso que ha producido jamás el cine.

En ese sentido, es significativo que la primera realización de ficción de Alain Resnais (aunque en ella se perciben no pocos ecos de su importante labor documental previa) apareciera en 1959, como aviso de que el cine, para algunos artistas, iba a dejar de ser el anticuado cuenta cuentos que había sido durante décadas. Influido por la Nouveau roman y por en espíritu subversivo inapelable, Resnais firmaría con Hiroshima mon amour un trágico canto al final del cine, y al reinicio del cine, preparado ya para acceder a nuevas formas de representación. No es tampoco coincidencia que el libreto fuera escrito por la novelista Marguerite Duras. Este título significó algo así como un funeral, y al mismo tiempo un bautizo: el del cine como experiencia sensorial, intelectual y emocional mayor. Y esto sin sostenerse en conceptos tales como personajes, trama, inicio, desarrollo y desenlace. Ya lo dijo Jean-Luc Godard: “una narración debería poseer presentación, nudo y desenlace…aunque no necesariamente por ese orden”.

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La historia de Hiroshima mon amour es casi mínima: una actriz francesa y un arquitecto japonés se conocen en la ciudad de Hiroshima quince años después de la bomba atómica y mantienen un breve romance, antes de separarse para siempre. A partir de esta peripecia, Resnais y su guionista tiran del hilo de la memoria de ambos personajes, para permitir que sobre las imágenes floten de forma terrible los recuerdos de la II Guerra Mundial, las secuelas de la bomba atómica en miles de civiles, y la desgarradora remembranza por parte de ella de un antiguo amor que sintió por un soldado alemán durante la contienda. Casi imposible definir con palabras, y ahí radica gran parte del misterio y la fascinación que provoca esta película, la humildad y sensibilidad de la mirada de Resnais, la absoluta perfección y exactitud de su planificación y puesta en escena, la hipnótica imagen en blanco y negro que nos regala unos planos de una sugerencia y profundidad clarividentes.

Nos encontramos con una narración total de amour fou, amor imposible, tanto más bello y absoluto cuanto más imposible y efímero. Se une, a la fisicidad y apasionamiento sexual de los dos amantes (contundente y al mismo tiempo poético en las imágenes de cuerpos entrelazados de la primera parte de la narración), la exaltación de un estado de ánimo en el filo del rompimiento y la caída a los infiernos del olvido y el desamparo en el que sólo restan los recuerdos. No se sabe bien si esta actriz francesa (interpretada con arrolladora intensidad y contención por la gran Emmanuelle Riva) inicia esta historia de amor para olvidar a su antiguo amante alemán…o si recurre a esos recuerdos para olvidar a su actual amor japonés. Sea como fuere, Resnais nos habla de la casi imposibilidad de romper lazos con un pasado terrible, o simplemente con unos subyugantes recuerdos que son parte esencial de nuestra propia alma. Y lo hace recurriendo a una narración fragmentada que viaja al pasado con imágenes certeras (eso que algunos llaman flash-backs), que para el espectador de más alto paladar son algo así como altísimas sacudidas emocionales y sensoriales (que muchos años más tarde continuaría Terrence Malick, que no anda muy lejos de este cineasta), y que, insisto, avisan de lo que es capaz el cine cuando se olvida de rancios academicismos.

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