Anticrítica: El apartamento (1960), de Billy Wilder

La cosa funciona de la siguiente manera: en un determinado momento se decide, por consenso que no se sabe bien cómo se llega a él, que esta o aquella película es una obra maestra. Especialmente si es cine estadounidense. Una vez decidido, poco hay que decir al respecto. Sucesivas generaciones de espectadores se acercarán a esa película porque es una obra maestra. Si además, como el caso que nos ocupa, ha ganado el Oscar a mejor película, esto funcionará con más fuerza aún. Lo grave del asunto no es que una película que no es ninguna obra de arte sea considerada como tal, sino que el espectador medio que decida ver títulos del pasado no accederá a ellos con los ojos y la mente ajenas a ese hecho. Y se verán condicionados por ello. Nada más lamentable que ser condicionado cuando te acercas a una película o una novela.

Yo no creo que El apartamento (The Apartment, Billy Wilder, 1960) sea ninguna obra maestra, aunque tampoco creo que sea una mala o falsa película. Entre ambos conceptos media un abismo. Creo que es una película muy inteligente, con buenos momentos, con buenos diálogos. Pero si convenimos, por ejemplo, que Fresas salvajes (Smultronstället, Ingmar Bergman, 1957), o Viridiana (Luis Buñuel, 1961), son obras maestras, convendremos también, espero, que esta película de Billy Wilder está muy lejos de ambas en cuanto a riesgo formal, profundidad emocional y psicológica, pertinencia artística, grandeza estética, influencia generacional, y un largo etc… Quizá convendría por tanto entrar en lo que se considera, de forma consensuada, como obra maestra, o al menos en lo que a ciertas películas famosas estadounidenses, que palidecen frente a otras grandes europeas, se les concede, y la atención y admiración que se les dedica.

Lemmon And MacLaine

Pienso que todo esto depende de lo que cada uno espere del cine. Yo espero mucho, porque soy muy exigente. Otros esperan poco, supongo que porque no lo son. Una obra maestra es lo máximo, lo más cercano a la perfección, no un concepto manipulado para decidir qué es lo bueno o lo que hay que ver. El cine norteamericano tiene unas cuantas. Por ejemplo, Chinatown (id. Roman Polanski, 1974). El apartamento, siendo una buena película, no es más (ni menos, ciertamente) que una comedia romántica tremendamente moralista, de buenos y malos, con algunas ideas interesantes. Yo no sé donde leí (creo que en la extinta Nickel Odeon) que esta película de Wilder era algo así como Las Meninas en el cine. Entonces, ¿qué dirían de la película de Polanski, una de las más perfectas en planificación que jamás he visto, uno de los relatos más terribles y oscuros sobre el dolor y la pérdida del ser humano, sobre la corrupción, con una fotografía sublime y una música que hipnotiza?

Esta bonita historia cuenta la peripecia de un pobre diablo oficinista (C.C. Baxter, interpretado magistralmente por ese genio que fue Jack Lemmon), solitario y bastante trepa, que cede su propio apartamento para que sus jefes lleven allí a sus amantes sin levantar sospechas con sus esposas, y así aprovechar para medrar en la gran empresa de seguros de la que es solamente un peón sin importancia. Está colado por la guapa ascensorista Kubelick (a la que da vida la preciosa y estupenda actriz Shirley MacLaine), y ella no le presta atención porque está enamorada a su vez de la persona que menos la conviene, y que menos conviene al propio Baxter que le pida la llave de su apartamento. Todo termina con un happy ending, en el que los buenos ganan y los malos pierden. Difícil de creer hoy en día.

En su momento, El apartamento no recibió precisamente epítetos halagadores por parte de la crítica estadounidense. Sucia, amoral, cínica o cosas por el estilo, fue lo más suave que le dedicaron. Vista hoy, es de una ingenuidad desarmante. Wilder y su co-guionista I.A.L. Diamond, retrataron con bastante lucidez el mundo empresarial de finales de los años cincuenta, que en Mad Men (AMC, 2007-2015) puede percibirse en toda su crudeza, con el machismo por bandera, con el despegue del capitalismo salvaje y el valor del dinero por encima de cualquier otra consideración. Aquí, estos conceptos están presentes, pero en lugar de crítica social o de un fresco histórico, Wilder opta, muy respetablemente, por hacer una historia de desamor y nueva amistad que quizá termine en amor. Nada en contra. Pero a esta historia le sobra almíbar y le falta verdad y dolor. No me extraña que le dieran el Oscar.

El dueño de la empresa, interpretado con eficacia por Fred MacMurray, es tan pérfido,mujeriego, mezquino y superficial como todos sus jefes de departamento, mientras que el solitario Baxter y la melancólica Kubelick son las víctimas desamparadas de tanto tejemaneje entre los directivos. Sinceramente, podría esperarse mucho más del gran director de El crepúsculo de los dioses (Sunset Blvd. 1950) o Testigo de cargo (Witness for the Prosecution, 1957). Esta historia, que se inspiró en un personaje fugaz de Breve encuentro (Brief Encounter, David Lean, 1945), es el Wilder más accesible y, por tanto, el que menos me gusta.

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