Django Unchained (2012), de Quentin Tarantino

Aunque Quentin Tarantino (Knoxville, 1963) es uno de los directores más famosos, y en cierto sentido, más respetados, del panorama estadounidense actual, no cabe duda de que también es un director bastante cuestionado por un sector no precisamente minoritario de la crítica especializada y de la cinefilia. Podría decirse que despierta pasiones, ya sea en contra o a favor, y él se ha preocupado bastante de que esto sea así. Sabedor de que se ha convertido en un icono del cine de su país, su magnífica carrera no necesita defensa alguna, pues pese a que no creo que haya realizado ninguna gran obra maestra (al menos de momento), sí puede vanagloriarse, en mi opinión, de ser el responsable de un puñado de magníficas películas, de haber escrito docenas de personajes muy notables, y de haber filmado un buen número de secuencias memorables.

Sus detractores basan sus ataques en la excesiva deuda cinéfila que Tarantino, sin vergüenza alguna, exhibe en cada uno de sus planos, o en centrar sus esfuerzos narrativos en el marco de sub-géneros tales como el cine de Kung-fu, o el Spaguetti Western, en teoría plagiando a autores coreanos y japoneses en el primero, o a italianos (tales como su ídolo Sergio Leone, aunque también muchos otros desconocidos para el gran público), en el segundo. Tampoco les gusta mucho su divismo, o por decirlo más llanamente, lo creído que es. Pero me parece que negar su excelente dirección de actores (una de las más exigentes y versátiles del cine estadounidense), y su sentido visual, es un disparate. Como guionista a veces se le notan flaquezas o fisuras, pero cuando está inspirado puede ser también magnífico. Su octava realización (si consideramos Kill Bill como dos películas separadas) no es tampoco una obra maestra gigantesca. Pero creo que es una gran película. Y que además da buena prueba de la evolución de este cineasta en no pocos aspectos de su personalidad artística.

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El primer Western (o más bien Southern…) de Tarantino

Todo el mundo sabía que Tarantino, finalmente, iba a llevar a cabo una película de éste género. Lo que muchos (sobre todo sus detractores, aunque en realidad la mayoría de los espectadores mira sus películas con lupa…) pensaban, es que crearía algo muy parecido a un Leone. Poco se ha comentado, me parece, que en verdad esta sorprendente película sólo es un western en apariencia, y que tiene muy poco, o más bien nada (si pasamos por alto algunos temas musicales) de Spaguetti, y bastante de Southern, es decir, de relato centrado en la comunidad sureña de Estados Unidos, y en el horror sin paliativos que supuso la esclavitud. En otras palabras: si se me permite la broma, algo así como el reverso tenebroso de Lo que el viento se llevó (Gone With the Wind, 1939). Tal como hiciera en Inglourious Basterds (2009), Tarantino va a reescribir la historia desde su muy particular mirada.

Una mirada jocosa, como siempre, pero también dolorida, dispuesta a hurgar en el pasado más miserable de su país (que puede estar “orgulloso” de haber sido responsable de al menos, hasta que la historia ponga todo en su lugar, dos genocidios: el de los nativos americanos, y el de los esclavos negros) sin paños calientes, llegando a mostrar el espanto que supuso ese genocidio con tres secuencias espeluznantes: la de la pelea a muerte de los mandingos (luchadores negros obligados a matarse delante de sus amos), la de la ejecución del esclavo D’Artagnan (clave para el clímax final de la película), y la secuencia en que por primera vez en mucho tiempo el enamorado Django vuelve a ver su esposa maltratada por los esclavistas. Basten estas tres secuencias para darse cuenta lo muy en serio que Tarantino se toma su propia historia, en la que como siempre caben tiroteos espectaculares, pero no están reñidos con una gran capacidad para mostrar el horror y el dolor humano, algo casi inédito en su cine hasta ese momento.

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La historia es bien simple: un cazarrecompensas de origen alemán, por nombre Dr. King Schultz, libera violentamente a un esclavo llamado Django porque es el único que sabe puede reconocer a sus tres próximas presas. Pero entre ambos surgirá una amistad creciente y duradera, y Schultz terminará ayudando a Django a recuperar a su también esclavizada mujer. La primera parte de la película se dedicará a narrarnos las correrías de los dos compañeros, mientras que ya en la segunda (y realmente parece que, desde Kill Bill, todas las películas de Tarantino podrían dividirse en dos partes…) tiene lugar el rescate y la venganza del protagonista (y de nuevo parece que desde Kill Bill, Tarantino nos narra sobre todo historias de venganzas). Aunque se trata de una película algo desequilibrada y un tanto irregular en su desarrollo, no se puede negar la contundente capacidad de Tarantino para crear personajes destacados, no solamente principales o secundarios, también incluso episódicos, y en estos personajes, y en las situaciones ingeniosas y sorprendentes que el director siempre se esfuerza por crear, descansa la fuerza narrativa y el impacto emocional del filme.

Para ejemplo perfecto de lo que afirmo sobre los personajes podría poner el muy fugaz que interpreta Bruce Dern, como antiguo amo de Django. Un solo plano y muy pocos segundos de aparición, y es un personaje con total entidad. Pero incluso los no pocos antagonistas eposódicos, que caen ante la furia asesina de la pareja de mercenarios, todos ellos, podrían protagonizar su propia película, o así parece, porque el talento de Tarantino es capaz de dotarles de vida y credibilidad. Pienso por ejemplo en el grupo de sádicos que acorrala a D’Artagnan, en el personaje al que da vida un estupendo Don Johnson, también en el guiño cinéfilo que representa Franco Nero. Todos. Pero es en la creación de Schultz (interpretado de manera magistral por ese genio llamado Cristoph Waltz, en un papel muy diferente al que regalara también a Tarantino en su anterior película), del esclavista Calvin Candie (memorable Leonardo DiCaprio como el gran villano de la función) y del mayordomo lameculos e intrigante Stephen (un irreconocible, maravilloso y terrible Samuel L. Jackson), es en estos personajes donde Tarantino deja el resto.

De la humanidad o inhumanidad de estos personajes depende el enganche emocional de la película, que cuenta también con la imagen y el aspecto más perfectos y elaborados de toda la carrera de Tarantino hasta la fecha, gracias sobre todo a la ayuda del gran operador Robert Richardson. En Django Unchained vemos un Sur voluptuoso en su salvajismo y colorido, y con una luz natural que dota a las imágenes de gran belleza e intensidad. La cámara de Tarantino nunca ha sido más perfecta y épica, en su planificación e intención, que en la llegada del grupo a la fatídica Candyland. Y es en aspectos como estos, sumados a los ya mencionados de la humanidad de los personajes, a la historia romántica entre Django (un buen Jamie Foxx) y Broomhilda (interpretada por la bella Kerry Washington), y al acercamiento a un tema tan espinoso como la esclavitud, con los que queda claro la evolución, autoexigencia y valentía de Tarantino. Parece dudoso que el cineasta joven y soberbio de los años noventa hubiera podido filmar una película como esta. Solamente se percibe a un gran artista cuando presiona más allá de sus límites.

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Aunque a muchos supongo no les atrae el cine de Tarantino, y que se sentirtán reacios a su visionado, otro de los aspectos innegables de esta cinta, es que es imposible aburrirse. Aunque únicamente fuera por eso, esos reacios pueden acercarse a esta gran película, y quizá descubran que Tarantino es algo más que el jocoso plagiador que parece que es.

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