Planos portentosos (I): Bonasera

De entre los muchos planos, y secuencias, portentosos, de la octava realización de Francis Ford Coppola, El padrino (The Godfather, 1972), elijo para empezar esta categoría de entradas, el plano inicial, en el que Amérigo Bonasera, personaje interpretado de manera magistral por Salvatore Corsitto, expone a Don Corleone las razones por las que ha de ayudarle. Es el día de la boda de la hija del jefe mafioso, y el don no puede negarse a ninguna petición de sus amigos, según la tradición siciliana. Sin embargo, inicialmente va a negarse, porque Bonasera no ha demostrado ser su amigo…

Bonasera

De logo de la Paramount, con la fúnebre música de trompeta que oímos por encima, pasamos a una declaración sobre la pantalla en negro: “I believe in América” (Creo en América), y corte al rostro severo de Bonasera, un funerario cuya hija ha sufrido una violentísima agresión sexual por parte de dos hombres. Bonasera acudió primero a la justicia “ordinaria” y denunció a los dos hombres, pero cuando la sentencia no le fue favorable, decidió acudir a Don Corleone, en la esperanza de ver muertos a los dos agresores. Bonasera va explicando todo esto mientras el plano se abre lentamente. De un primerísimo primer plano del rostro de Bonasera, pasamos poco a poco a uno más general, aunque con el personaje dominando completamente, y del negro que le rodea, por efecto de la luz, percibimos algunos detalles de la habitación, como los pomos de las dos puertas detrás de él, y algunos colores. Es un travelling en retroceso, realizado con una precisión y un pulso magníficos.

Pareciera, en un principio, casi una confesión por parte de un devoto creyente. Al cabo de un minuto, en la imagen entra el escorzo de Don Corleone (Marlon Brando) desenfocado. De una confesión pasamos a una petición de asesinato. De esta forma prodigiosa, Coppola introduce varios temas de la película, ya en el primer plano de ella. La tradición y lo secular se funden con el crimen y la violencia. Para Coppola está claro: no existe la santidad ni la salvación, y la maldad y la depravación son siempre posibles. En realidad, ese es el tema de toda la trilogía, y ya cristaliza en la primera imagen de ella. No se puede pedir más al cine.

El plano concluye cuando Bonasera se acerca a Don Corleone para susurrarle al oído que quiere esos dos agresores muertos, y pasamos a un primer plano de Brando, con mucha más luz, proveniente de la ventana a sus espaldas. Han sido dos minutos y cuarenta y cinco segundos ininterrumpidos con los que el espectador avezado ya sabe que está a punto de presenciar algo inolvidable, y al nacimiento de un cineasta legendario y de un director de fotografía, Gordon Willis, que cambiaría para siempre cierta forma de hacer películas.

Como curiosidad cabe recordar uno de los planos iniciales de la gran película de los hermanos Coen, Miller’s Crossing (1990), que es una copia de este. Se trata de ese en el que Johnny Caspar, al que da vida el excelente actor Jon Polito, expone otra petición al jefe de la mafia local. El parecido entre este actor y el de la película de Coppola, es notable. Sin duda es una suerte de homenaje, o referencia, o broma de los Coen, llevando a cabo en su tercera película otra incursión al cine de gángsters. El tono, la duración, y la composición del plano, son diferentes, pero el guiño está ahí.

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