Álex de la Iglesia en 12 párrafos

Entre los pocos directores españoles famosos y destacados, que en los últimos veinte años hayan suscitado interés notable por parte de la crítica y la cinefilia, y cuya personalidad haya despertado esperanzas de poder construir una filmografía memorable, sin duda se encuentra el bilbaíno Álex de la Iglesia, cuyo fulgurante comienzo hace ya casi un cuarto de siglo dio lugar a unas expectativas que se han diluyendo demasiado deprisa con el paso de los años y los nuevos proyectos, y que hoy parece muy difícil que recupere la frescura, la fiereza y la clarividencia de los primeros tiempos, aunque no ha dejado de trabajar con cierta fluidez y constancia, y de buscar nuevas formas de explotar su ahora cuestionable talento.

No he visto su última película, porque al igual que me pasa por ejemplo con los hermanos Coen o con Steven Spielberg, le he abandonado casi definitivamente salvo que alguien (o alguna nueva película sorprendente) me haga cambiar de opinión y me abra los ojos, pero habiendo visto el resto, puedo confirmar que en mi opinión de la Iglesia, a sus 50 años, ha quemado y fiscalizado sus oportunidades demasiado pronto.

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De la Iglesia debutó “oficialmente” con el estupendo corto Mirindas asesinas (1991), que ya establecía muchos de los trazos del particular estilo del cineasta, y daba buena fe de su gusto por los ambientes enrarecidos y su sentido del humor. Al parecer llamó la atención de Pedro Almodóvar, y con su productora El Deseo le ayudó a realizar su primer largometraje, Acción mutante (1993). El estreno de ese irregular pero en verdad estimulante largometraje, significó mucho más en esa época de lo que pueda parecer: que el cine español también podía producir cine de género, concretamente Sci-Fi, y de forma ingeniosa y sardónica y realista. Era el aviso de lo que estaba por venir con El día de la bestia (1995), sin ningún género de dudas su película más completa hasta la fecha.

El día de la bestia aunaba el espíritu irreverente de un Berlanga, con el salvajismo intelectual de un Buñuel. En ella coexistían el teatro del absurdo, el cine de género más codificado, el existencialismo de un Unamuno y el esperpento de un Valle-Inclán. Podría haber salido un verdadero bodrio, pero funcionó a las mil maravillas, convirtiéndose en una película clave de la historia del cine español. Exitazo rotundo y de la Iglesia convertido en toda una estrella del firmamento cinematográfico de este país. No era para menos, pero jamás pudo repetir ese éxito en taquilla, ni pudo demostrar su talento con tal contundencia, aunque lo intentó.

Su siguiente película, Perdita Durango (1997), sobre la novela de Barry Gifford (colaborador de David Lynch en dos largometrajes), quien también participó en el guión junto con David Trueba, Jorge Guerricaecheverría (habitual de de la Iglesia en casi todas sus películas) y el propio director, fue lo que suele llamarse un “salto al otro lado del charco”, flmando en México y algunas partes de Estados Unidos. Un ambicioso proyecto con momentos realmente inspirados y otros no tanto, que comenzaba a certificar que las influencias de de la Iglesia estaban poco asimiladas, no tanto porque nos acordábamos de algunos filmes de Lynch, principalmente porque su cinefilia, al igual que les pasa a los Coen, a Spielberg, y a muchos otros, termina por erosionar su propio estilo. El final debiera, y podría, haber sido mucho más interesante sin contar con ese innecesario guiño final a Veracruz (Robert Aldrich, 1954).

Terminó, en mi opinión, de dar rienda su talento, con la muy interesante, y de momentos excelentes, Muertos de risa (1999), con la que incidía en una visión esperpéntica, y casi misántropa, del mundo en general, y de España en particular, sin ningún tipo de concesión al espectador, y mostrándose cruel pero al mismo tiempo compasivo, sorprendentemente, con los personajes. Pero a partir de La comunidad (2000), con la que en cierta medida intentaba volver a sus orígenes, inspirándose en Polanski y Berlanga, su creatividad y autoexigencia han ido en caída libre, principalmente por contar con guiones poco trabajados. La película no estaba mal, pero se podía esperar mucho más del que hizo Acción mutante y El día de la bestia. Para empezar, caracteres más trabajados, menos “frikismo” y más suspense e intensidad. Sobre todo más credibilidad.

Pero supongo que el bueno de Álex supo lo que es verse contra las cuerdas cuando se convirtió en su propio productor y se estrelló con la en algunos puntos estimable, aunque ciertamente poco esforzada en el guión y en los personajes, 800 balas (2002), que le proporcionó pérdidas millonarias, y probablemente mayor pérdida aún en confianza y autoestima. La película se quedaba a medias de casi todo lo que proponía, y solamente en su desenlace podíamos ver alguna chispa del prometedor cineasta que solamente unos pocos años antes había deslumbrado con su ingenio. Pero menos de diez años después de haber comenzado, su chispa ya empezaba a apagarse.

ferpecto

Lo que yo creo siempre ha querido ser Álex de la Iglesia, es una mezcla de director a lo Billy Wilder o Luis Buñuel, con retazos del cine moderno que más le gusta. Tal operación, por desgracia, le ha pasado factura en su personalidad artística, y sus escarceos con los géneros pocas veces, salvo en sus inicios, le han granjeado el seguimiento del público. Ahora mismo es un director impersonal en eterna búsqueda de su propia voz, mientras lucha por sobrevivir, haciendo película tras película para sobrevivir.

Crimen ferpecto (2004), con sus virtudes, es una película demasiado fácil para él, demasiado accesible para el espectador. Está filmada con buen gusto e inteligencia, pero en manos del de la Iglesia de diez años antes, podía haber dado de sí una película mucho más interesante. Los grandes directores no se cansan con los años, sobre todo en diez años, se hacen más grandes. Resisten década a década, asombrando a todos.

Cuatro años después se va a Gran Bretaña a filmar con actores británicos y estadounidenses la “entretenida” Los crímenes de Oxford (2008), una película que podía haber filmado cualquier otro, y certificamos la muerte de un director de género que luchó por ser autor en sus inicios y lo consiguió, y no se sabe en qué momento dejó de creer en su mismo y en su cine. Los excelentes títulos de crédito de Balada triste de trompeta (2010) son lo mejor de una película en la que es difícil creerse nada, y, lo que es peor, te importa poco lo que les pase a sus personajes. Un proyecto muy personal que no contó con el interés de nadie. Y es que es preferible que se odie tu trabajo, mientras hablen de él, a que no se te preste atención.

zugarramurdi

Pero en comparación con La chispa de la vida (2011) o Las brujas de Zugarramurdi (2013), había más de la Iglesia en aquella extraña película de payasos psicóticos. De pronto parece que este director tan cinéfilo se apaña con cualquier referencia, construye cualquier historia, por loca o superficial que resulte, deja de prestar atención a los personajes (y por ende a los actores) y simplemente les lleva al límite sin esperar nada más de ellos. Su dirección de actores es pésima, parecen hechas a toda prisa y sin inspiración, sin importarle nada al propio director. Meros divertimentos con los que él puede pasar el rato, pero que al espectador no le dejan huella. En una loca huida hacia adelante, ha fiscalizado todo lo bueno, que no era poco, que poseía su cine. Ya no hay pasión en su cine, únicamente desengaño y una poco elocuente mirada hacia el pasado.

Prematuramente agotado, su documental sobre Messi (2014), y su nueva película La gran noche (2015) han despertado interés mediático, pero no cultural. Sus películas pasan sin pena ni gloria por la cartelera, y los especialistas no le prestan casi atención. Ojalá me equivoque, pero a este cineasta le va a costar mucho levantar cabeza. Si es que llega a hacerlo.

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