Los siete samuráis (1954), de Akira Kurosawa

Recientemente he comentado dos películas estadounidenses de gran presupuesto, gran empaque visual y grandes secuencias de acción o aventura. Ambas separadas por nada menos que 56 años de existencia. Tanto Ben-Hur (id, William Wyler, 1959), como Vengadores: La era de Ultrón (Avengers: Age of Ultron, Joss Whedon, 2015) participan en cierta medida de una concepción similar del cine-espectáculo, con grandes diferencias en temas y puesta en escena por supuesto (ni que decir tiene que también grandes disparidades en cuanto estilo, y que, demonios, el mundo que las vio nacer ha cambiado muchísimo en más de medio siglo), pero siempre entendiendo el cine como gran impulsor de ideas y de entretenimiento de masas. La segunda es muchísimo mejor película que la primera, pero si vemos una película todavía más antigua que Ben-Hur, concretamente cinco años más antigua, y de una cinematografía tan alejada como la japonesa (aunque Akira Kurosawa fuera admirador del cine de John Ford, lo cual es más superficial de lo que muchos piensan), como es Los siete samuráis (Shichinin no samurai, Kurosawa, 1954), algunos nos percatamos de que el cine norteamericano, salvo honrosas, distinguidas y raras excepciones, no es precisamente el gran faro en su tradición del cine de aventuras.

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Y existen en la filmografía de Kurosawa unas cuantas películas de aventuras muy superiores, más importantes y hermosas, que la mayor parte de supuestas obras maestras del cine estadounidense. Baste citar sus impresionantes Trono de sangre (Kumonosu-jô, 1957), La fortaleza escondida (Kakushi-toride no san-akunin, 1958), Yojimbo (1961), Sanjuro (1962),  Dersu Uzala (1975), Kagemusha (1980), Ran (1985), para dar buena fe de ello. En comparación, perdóneme el amante del cine estadounidense, las películas clásicas de John Ford o Howard Hawks me resultan innecesarias, sin demasiado interés. Y elijo escribir sobre Los siete samuráis, precisamente porque Kurosawa tenía en gran estima el cine de Ford, pero personalmente no soy capaz de encontrar ninguna conexión de estilos o miradas, pues Ford, aunque un gran profesional y un narrador de historias superdotado, jamás detentó una humanidad y una visión tan vasta de la naturaleza humana como la que tuvo Kurosawa. De hecho, debió haber sido Ford el que se pronunciara admirador de Kurosawa, y no al revés. Pero supongo que no está en el espíritu de algunos cineastas norteamericanos el demostrar humildad frente a otras cinematografías.

Lo que nos cuenta Los siete samuráis es de una sencillez, y al mismo tiempo, de una complejidad, insuperables. Un pueblo de campesinos, hartos de entregar su cosecha y sus ganancias a una banda de forajidos, decide plantarles cara, y lo hace contratando a los samuráis vagabundos que pueda enrolar a su causa. En un principio debían ser cuatro, pero al final son siete. Estos samuráis viajarán al pueblo y lo defenderán de los forajidos. Ya está. Pero de ahí Kurosawa, y sus co-guionistas y colaboradores, extraen una experiencia visual y una tan honda peripecia emocional, que es muy difícil imaginar una película de aventuras no ya superior, siquiera equiparable, en la historia del cine. Pocas veces hemos asistido al espectáculo de la miseria (moral y física), de la violencia (física y psicológica) y de la redención (espiritual pero también vital) más extrema y verdadera, y a la clarividencia de que el mundo es un lugar despiadado, en el que la amistad, el amor, la familia, la esperanza, son fugaces rayos de luz a los que aferrarse de manera efímera.

Como todo gran relato de aventuras, principalmente cinematográfico, se trata de la supervivencia de un grupo, de una forma de vida. Y ese reducido grupo de guerreros samurai, con caracteres muy distintos entre sí, es espejo del fin de una época, la de los grandes señores de la guerra y la aristocracia milenaria que defendían, y la de cierta concepción honorable del mundo. Y lo saben. Uno de ellos, interpretado con insuperable fuerza por esa bestia parda que fue Toshiro Mifune, ni siquiera es un samurái. No es más que un huérfano de otra guerra perdida, que ha sobrevivido gracias a su falta de escrúpulos, y que se hace pasar por samurái. Pero que en su lucha denodada por ser parte de un grupo, por ser parte de algo, se convertirá en pieza fundamental de la lucha contra los forajidos, y demostrará con creces su increíble valor, su entrega, su imperfecta pero hermosa humanidad, su sacrificio por una causa perdida, en uno de los relatos de lucha y dignidad más emocionantes que ha dado una pantalla de cine. Otro de esos samurái es casi un crío, un aprendiz deseoso de grandes aventuras, y otro, el líder, un hombre que se acerca al otoño de su vida y que no ha participado en otra cosa que en fracasos.

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Casi cuatro horas de viaje, que se pasan en un suspiro, y que dejan ganas de más, filmadas en un esplendoroso blanco y negro del operador Asakazu Nakai (un genio, responsable de la mayoría de las obras maestras de Kurosawa), y al modo de una novela-río, irá sin prisa pero sin pausa adentrándose en las vidas de los campesinos y los guerreros, sin piedad, pero también sin juicios de valor. Porque Kurosawa jamás amó esa época oscura de su país, aunque sin duda admiró muchos de sus valores, y apreció esa tradición como parte de su vida y la sociedad en que existía. La mirada de Kurosawa es dura, dolorosa, pero también compasiva, luminosa. Acompañamos a Kurosawa y a sus samuráis, y somos uno más del grupo. Y en la indescriptible batalla final (que tardó meses en llevarse a cabo) no sabemos si llorar, o sentirnos aliviados o llenos de rabia, pero sí sabemos que hemos asistidos a una de las cumbres indiscutibles del cine.

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