El cine es la vida

Lo que me gustaría explicar en este artículo, con mis limitaciones, es lo que para mí significa el cine. Porque sospecho que significa algo muy diferente para mí, que para la gran mayoría de gente que conozco.

Y también me gustaría explicar algo más: lo que yo creo que es o debería ser el cine, algo aún más complicado de desentrañar, porque este extraño arte, o forma de expresión, o lo que sea, nacido hace unos ciento veinte años, muchos grandes cineastas ni siquiera sabían lo que era. Solamente lo sospechaban, tal como ellos mismos decían.

Ésta entrada no va a unirse a las miles, o quizá cientos de miles, de entradas en blogs, o artículos de opinión, escritos por amantes del cine, que intentan escribir sobre ese amor que les condiciona la vida. Demasiados adolescentes, o cuarentones con mente adolescente, lo han intentado antes, y han perpetrado textos imbuidos de ingenuidad, y de balbuceos pasionales. Así que, que no se me asuste el lector. No soy, nunca lo fui, uno de esos aficionados que creen que el mundo (o sus docenas de lectores diarios) debe saber cuánto aman el cine, cuanto lo adoran.

Porque a mí el cine no me gusta. A mí me gustan algunas películas. Y cuando digo algunas, me refiero a unas mil o mil quinientas que me parecen algo absolutamente maravilloso y necesario para la humanidad, para el mundo entero. De ellas, unos cientos las veo a menudo, siempre que tengo oportunidad, y vuelvo a sentirme reconfortado. Todas las demás, las cientos de millones (probablemente, quién sabe si aún más) de películas de todo tipo que se han hecho en la historia, no me interesan absolutamente nada, o bien me divierten, y poco más. Pero no me parecen importantes. Y de importancia, de pertinencia, hablo. Pero ya volveré sobre ese concepto un poco más adelante.

El cine es una engañifa, la mayoría de las veces. Es su naturaleza. Se trata de un artefacto que se dedica a presentar una serie de imágenes elaboradas como si estuvieran ordenadas secuencialmente, para que el espectador las perciba como algo real. En la elaboración de esa secuencia de imágenes y acontecimientos, el director y su equipo de ayudantes de construir mentiras, muchas veces las construyen de forma no cronológica, de tal forma que la secuencia final se puede filmar al principio, y la inicial, se puede rodar al final. Nadie se va a dar cuenta. Pero más allá de todo eso, el cine juega con los sentidos del espectador, acostumbrados como estamos a fiarnos de lo que vemos antes que de cualquier otra cosa. Así, la imagen más falsa que quepa imaginar, manipulada en todos sus elementos, nos parece verídica porque si vemos algo, nos lo creemos. Y, más aún, el director y su grupo de conspiradores, visten a esa imagen con sonidos que parece que surgen de esa imagen, y hasta con música muchas veces impresionante, y esa imagen parece otra, mucho más de lo que realmente es. Valiéndose de una cámara, un director inteligente puede manipularte y hacerte tragar una peripecia totalmente absurda como si tal cosa. Esto es el cine, y nada más.

El milagro consiste en que trabajando con este medio tan manipulador y mentiroso, algunas personas hayan logrado crear cosas absolutamente sublimes. Porque el cine tiene otro gran problema, y el espectador también tiene un gran problema. El cine, que es un artefacto carísimo y depende de inversiones muy fuertes para garantizar su solvencia; el espectador, que durante décadas ha sido acostumbrado a no saber apreciar lo verdaderamente sublime o refinado. En resumen, que el gran cine y el espectador medio establecen una relación casi imposible. Un maridaje complicado y trufado de problemas. Como dice el refrán: se junta el hambre con las ganas de comer.

El cine es como la literatura, en muchos aspectos. Una industria que mueve mucho dinero, de la que depende muchos trabajadores y empresas, y que demasiado a menudo encumbra a gente cuyo mayor talento consiste en engañar mejor que sus compañeros de viaje. Al igual que la literatura, se vale más de clichés, lugares comunes, clasicismos impostados, autores de renombre que no han aportado absolutamente nada a la médula espinal del arte al que dicen dedicar su vida. Entretenimiento para los fines de semana, para pasar el rato en el metro de camino al trabajo, en los momentos de ocio o en las horas de aburrimiento. Y, ciertamente, no tengo nada en contra de cierto cine de escapismo dedicado, con plena consciencia, a hacer pasar un rato grandioso al espectador confiado. Pero considerar que el cine es solamente diversión o disfrute superficial de las horas de ocio me parece infravalorar no tanto al cine como al propio espectador.

El cine en realidad está más cerca de la música que de la literatura, aunque industrialmente se parezca a la segunda.

Para mí, la música es el arte más grande que existe. Las horas que paso al día escuchando todo tipo de música, son mucho más abundantes y más gratas para mí, que las pocas horas a la semana que dedico delante de una pantalla visionando una obra maestra. Puedo imaginar mi vida sin películas, pero no puedo imaginarla sin música. Mi imaginación es, además, tan rica y vívida cuando escucho música, que sueño películas increíbles mientras escucho música, y cuando al fin puedo ver una nueva película, lo que veo no me parece ni de lejos tan maravilloso como lo que ha imaginado mi mente. Esto es así, suene como suene, no me importa. Pero unas pocas veces, muy pocas veces, veo una película que va mucho más allá de lo que mi imaginación puede elucubrar. Es entonces cuando la palabra inimaginable acude a la mente. Porque a veces veo, o vuelvo a ver, películas inimaginables, que me dejan absolutamente perplejo, que me conquistan, quizá porque yo mismo jamás sería capaz de imaginar algo parecido.

El cine es la vida porque aunque se trata de un artefacto muy imperfecto y plagado de complicaciones estéticas, está más capacitado para hablar de la vida, y por tanto de lo que no se ve (aunque, irónicamente, se trate de un arte eminentemente visual), que cualquier otro arte. Es muy abstracto, pero al mismo tiempo dolorosamente físico, concreto. Es escapismo, pero al mismo tiempo tiene algo de poético. Es, al mismo tiempo, análisis de un punto de vista, es sueño, es documento, es testigo de su tiempo (por muy mala que sea la película, da lo mismo…y ahora que lo pienso no me interesa esa clasificación de “buenas” o “malas” películas), es forma de expresión, es mezcla de literatura y música y fotografía y otras artes en cierto sentido, es el mayor espectáculo que ha conocido el ser humano pero también es algo muy íntimo, muy cercano al corazón y a los recuerdos.

Es algo muy extraño, y al mismo tiempo familiar. Es como vivir otras vidas, las vidas de los personajes. Y en las grandes películas, uno nace con la primera imagen, y muere con la última, agazapado entre las butacas de una sala oscura.

 

 

 

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