Ben-Hur (1959), de William Wyler

Existen muchas películas famosas en la historia del cine. Esa fama, la mayoría la ostentan por una secuencia que se ha quedado en la memoria de los espectadores durante décadas. En el caso de Psicosis (Psycho, Hitchcock, 1960), la secuencia de la ducha, en el de 2001, una odisea del espacio (2001, A Space Odyssey, Kubrick, 1968), la del simio tirando el hueso que cae en forma de nave espacial. En el de Ben-Hur (id. Wyler, 1959), la dichosa carrera de cuádrigas. Claro que hay más razones, como sus once premios Óscar, su enorme éxito de taquilla… Ben-Hur es hoy considerada un “clásico”, una de esas películas que hay que ver, aunque a muchos espectadores modernos no les emocione absolutamente nada, porque esa forma de hacer cine ha quedado completamente anticuada, por suerte, y su contenido, bastante cuestionable desde lo moral, lo histórico y lo meramente estético.

El filme está basado en la novela homónima, escrita por Lewis Wallace, y publicada por primera vez en 1880. Lewis fue un general confederado durante la Guerra de Secesión, y luego gobernador y embajador. Su escritura no carecía de fuerza y cierta convicción espiritual, pero como novela, estaba anclada en formas literarias muy anticuadas. Quizá ahí radique el motivo del éxito de su obra más conocida, como quizá fue su mezcla de revisionismo histórico y su profunda espiritualidad, las razones por las que ha sido adaptada en varias ocasiones al cine. De las dos más destacadas, la muda de Fred Niblo de 1925 es la más poderosa. Muy superior a la que filmó Wyler tres décadas y media más tarde. Porque Niblo era un director mucho más interesante que Wyler, y porque Wyler no era más que un artesano al servicio del Hollywood más académico, rancio, comercial, impersonal.

ben-hur

Lo que intentaba contar la novela de Wallace, y lo que también intenta contar la película de Wyler, es una epopeya en paralelo a lo que supuestamente fue la vida de Jesús. Judá Ben-Hur es un noble en Judea, un hebreo de linaje distinguido, amigo de la infancia de Messala, un  soldado romano que acaba de ser nombrado tribuno de esa ciudad, y entre ambos amigos, que se reencuentran después de muchos años, surgirá una rivalidad y un odio crecientes, porque pertenecen a mundos y formas de ver la realidad diametralmente opuestas. Cuando la familia de Ben-Hur caiga en desgracia, y el mismo Judá se vea encadenado a una galera, empezará una historia de búsqueda y venganza contra Messala, que culminará con la crucifixión de Jesús y la redención del protagonista. Este relato, que para el propio Wallace significó, en sus propias palabras, pasar de la documentación a la fe, es el prototipo de historia que hoy día no se cree nadie y, lo que es más importante, a nadie le interesa. ¿Por qué, sin embargo, Ben-Hur continúa siendo uno de esos “clásicos” intocables del cine? Yo no me lo puedo imaginar. Puestos a contar una supuesta historia en paralelo a la vida de Jesús, creo que muchos preferiremos La vida de Brian (Life of Brian, Jones, 1979).

Al igual que sucede en la literatura norteamericana, también el cine de ese país intenta siempre encontrar la Gran Película Americana. Esto es síntoma, me temo, de un pensamiento infantil y profundamente egocéntrico. También de una vanidad más allá de toda duda. Basta ver el fastuoso cartel oficial de la película para percibir que esto no es un simple “Peplum”, es algo más. Toda una declaración de intenciones, narrativas, estéticas y sociopolíticas. Poco más de una década después de la desastrosa decisión de la ONU de partir el estado palestino en dos (uno árabe, y uno israelí), en Hollywood quieren contarnos una historia de judíos que son casi santos, y de uno en particular al que el mismo Jesús ayuda en su venganza, y al que Dios Padre Todopoderoso tutela hasta convertirlo casi en un mártir en su lucha contra los tiránicos romanos. Imposible no extraer segundas lecturas y alegorías siniestras de este proyecto mastodóntico. Seguiremos al vengativo (pero noble…) Judá durante tres hora y media que se hacen eternas, preguntándonos, algunos, por qué los judíos son todos tan tiernos y angelicales, y los romanos tan sádicos y despiadados.

Ya le dijo a Wyler su amigo Billy Wilder (un director que tampoco es santo de mi devoción): tu sabrás donde te metes. El caso es que debía saberlo, porque se llevó once premios de la academia de su país (y cientos de millones de recaudación), mientras que a Wilder no le cayó ni uno a su estupenda Con faldas y a lo loco (Some Like it Hot, 1959), y cuentan que Wilder juró que por cada Óscar que perdiera se tomaría un Martini, así que salió por la puerta a rastras. Más allá de la anécdota, creo que hay poco que objetar a que Ben-Hur es un filme fastuoso con escaso cine dentro, más allá de la memorable interpretación de Stephen Boyd y de la extraordinaria música de Miklós Rózsa. Un mamotreto de quince millones de dólares (que hoy serían como cuatrocientos millones), filmado en impresionante 70 mm, y con aspect ratio 2.66:1 (es decir, a lo grande, a lo épico, lo más grande y épico que pudiera imaginar Wyler y la Metro), que desaprovecha absolutamente la posibilidad de contarnos la lucha fratricida entre pueblos hermanos, la relación entre dos hombres que se odian y se necesitan al mismo tiempo, en favor de un espectáculo sangriento y mal narrado, en una planificación que hoy día hace daño a la vista (muy al contrario que auténticas obras maestras de su tiempo, la mayoría europeas), sobre la primacía moral de un pueblo (el judío, claro está), contando una historia de buenos y malos.

La película la produjo la major Metro-Goldwyn-Mayer. Goldwyn era judío, y creo que con eso se dice todo. Hoy día puede verse como ejemplo de cine tardío de estudio (a punto de desaparecer, con la llegada de la televisión y otros factores) y de melodrama anticuado. No creo que ningún joven cinéfilo o futuro cineasta tome en consideración esta película como influencia o ejemplo de lo que debe hacerse en cine.

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